jueves, 14 de octubre de 2010

Diez errores imperdonables de etiqueta moderna


Hola a todos. En esta ocasión me gustaría hablarles de algunos errores básicos de etiqueta, que he observado se cometen con frecuencia en nuestros días.






Como ustedes saben, el nombre de etiqueta proviene de los letreros que se ponían en los jardines de Versalles, en los tiempos de los Luises, para indicar lo que estaba prohibido por orden del Rey. Me parece que la etiqueta siempre ha tenido su origen en algún aspecto útil o de sentido común. Ejemplo: La costumbre de saludar con la mano derecha, se remonta a la Edad Media, en la que los hombres cargaban arma blanca bajo el manto. Al saludar al otro, le estamos demostrando que no llevamos espada o puñal (Salud, JC) para hacerle daño y de esa forma mostramos nuestra buena voluntad y honestas intenciones.






Hay distintos tipos de etiqueta: para el trabajo, para escribir cartas, para recepciones oficiales, para el sexo,  para usar un chat en internet. En esta ocasión me gustaría hablar un poco de la etiqueta cotidiana, aquella que utilizamos en nuestra vida diaria y que no tiene que ver con una cena en la embajada francesa o tomar el té con el cónsul británico.






Diez errores comunes que cometemos en etiqueta cotidiana. Van:






1) Dar la mano a las personas que están sentadas a la mesa.

Me parece imperdonable, que cuando estoy comiendo, sentado a la mesa de mi casa, en un restaurant o en cualquier parte (para comer, no para beber o charlar) llegue alguien y me salude de mano. La razón es eminentemente práctica: ya tengo mis manos lavaditas, y la persona que llega a saludarme, viene con las suyas sucias, dejándome su colonia de bacterias en las mías, con lo que nada más tengo dos opciones: aguantarme y seguir comiendo con las manos sucias o ir al baño para lavármelas de nuevo, mientras llega otro efusivo a mi mesa. ¿Qué se debe hacer en estos casos? Cuando me encuentro a alguien conocido, puedo acercarme a la mesa para saludar a él y a sus acompañantes brevemente, un asentimiento de cabeza y un saludo con voz firme y cálida, será suficiente. Si hay mucha confianza con los comensales, puedo darles una palmadita en la espalda o el hombro, para saludarlos, pero lo más importante, debo ser lo más breve posible para no importunar. Nada de abrazos estruendosos y palmadas de aplauso de foca que hacen que todo el lugar voltee a vernos. Discreción y prudencia, es la directriz que no falla.






2) La mujer no se levanta cuando le presentan a otra mujer o a un hombre de edad avanzada.

Existe la creencia, muy difundida desafortunadamente, de que una mujer NUNCA debe ponerse de pie cuando le presentan a alguien. ¿Cuándo deberá ponerse de pie la dama? Cuando la mujer que le presentan sea de mayor edad a ella, de un nivel social notablemente superior al de ella, cuando sea una celebridad, cuando la mujer presentada sea embarazada, o cuando la mujer presentada sea casada y la otra soltera. El mismo criterio aplica, cuando se le presenta un hombre de edad avanzada a una mujer, aquí también deberán ponerse de pie como muestra de respeto. Es una cuestión de jerarquías, pues como dice mi amiga Rocío Maisterra, "Siempre, ha habido niveles". Si no quieren fallar, mujeres, levántese siempre que les presenten a otra mujer y verán que darán la imagen de una persona sencilla, natural y cálida.






3) Al entrar a un restaurante o lugar público, el hombre entra detrás de la mujer.

Aquí es una excepción a la regla de "ladies first". Cuando un hombre llega con una mujer a un restaurant o lugar público, deberá entrar un paso o dos delante de ella, para buscar lugar, anunciarse con el capitán o simplemente asegurarse de que el lugar es seguro para su acompañante. Una vez que tenga mesa, seguirá caminando delante de la mujer, asegurándose de que ella lo sigue de cerca (si son pareja, pueden tomarse de la mano), una vez que lleguen a la mesa, le arrimará la silla a la fémina, este trabajo no debe delegarse a los meseros, quienes sí podrán arrimar la silla de él, quien será el ultimo en sentarse.






4) El hombre acompañado de una mujer, sube o baja escaleras caminando detrás de ella.

Otra excepción a la regla de "Ladies first". Es él quien deberá subir primero la escalera para no dar la impresión de ir viéndole las piernas y el trasero a su acompañante. Cuando baje escaleras, él lo hará primero para poder ofrecerle la mano a su pareja en caso de un tropezón o en el peor de los casos, impedir que el cuerpo de ella siga rodando hasta el siguiente piso en el caso de una caída.






5) Dejarse los lentes oscuros, en lugares cerrados o cuando nos presentan alguien.

Si no se es Aristóteles Onassis, Rigo Tovar o Claudio Yarto del grupo Caló, cuando entremos a un lugar cerrado es necesario que nos quitemos los lentes oscuros. Si nos van a presentar a alguién, también es absolutamente indispensable que nos los quitemos aunque estemos bajo un sol tapatío a mediados de mayo en la calle a las 12 de la tarde (una vez que nos presenten y saludemos, nos los podemos volver a poner). La misma recomendación va cuando lleguemos a una caseta de vigilancia, verán la diferencia de trato cuando se permiten ser vistos por el otro. Pecado capital: dejarse los sun glasses en una taquería y peor aún: portarlos mientras nos refinamos unos de buche y pastor; seremos la viva imagen de un guarura toluqueño o de un líder sindical del SNTE. Los lentes oscuros en los velorios, no tienen razón de ser a menos que sea familiar directo del difunto y sus ojos estén en condiciones desastrosas. Aún en ese caso, es recomendable usar lentes no tan oscuros, sino traslúcidos, que en esos casos son más elegantes y sobrios.




6) Ponernos el título de señor, señora, señorita o cualquier grado universitario.

Esto sí es horriblemente cursi. Presentarnos como: "Soy el doctor Ivanovsky", anunciarnos como: "De parte de la señora Ramírez" o firmar una carta como "Licenciado Trofeo Zárate " es tremendamente provinciano y denota un complejo de inferioridad. Recordemos que los títulos de señor, señora, señorita, don y doña,  son muestras de respeto que nos los dan las otras personas, no nosotros. Usar los títulos universitarios como equivalentes de títulos nobiliarios en Latinoamérica, es común y tremendamente aldeano. ¿Se han fijado en las tarjetas de negocios de los norteamericanos? Rara vez mencionan su profesión, sólo incluyen nombres y apellido. Punto. De aquí en adelante: "Zoila Vaca del Corral, mucho gusto".


7) Vestirse incorrectamente para asistir a un funeral.

Hablando de ropa para funerales, las mujeres tienden a cometer dos errores extremos: llevar ropa apretada, corta o demasiado sexy, para los funerales, nomás que se van todas de negro y con medias negras y creen que ya la hicieron. El otro extremo, sobre todo en mujeres de cincuenta años en adelante, es irse súper fachosas, con ropa tejida, chalecos de enfermera y zapatos de monja. Un traje sastre de buena calidad, con una blusa clara (no es necesario usar negro de pies a cabeza), falda que cubra la rodilla o más larga, según la moda, y joyería muy discreta (perlas o diamantes sencillos, evitar a toda costa la joyería dorada, la voluminosa y la recargada de colores), zapatos de tacón mediano de bonita línea y maquillaje discreto (no es necesario ir de cara lavada), las harán lucir elegantes y apropiadas.  Una bolsa sencilla, sobria, y abrigo y guantes mate, si es invierno, complementarán su atuendo.

Recuerden que en nuestra cultura occidental, no sólo el negro es el color  de luto, también lo es el blanco (que es súper elegante y le da un toque de luz y esperanza al momento), el gris, el marrón, azul marino y también el morado para los católicos. Eviten a toda costa los azules, rojos, verdes, naranjas y cualquier color vivo.

Los hombres se verán apropiados siempre con pantalón y zapatos de vestir, camisa de manga larga en colores neutros y saco o chamarra oscura. Por supuesto, si hay presupuesto, el traje oscuro o de colores neutros es ideal, el cual se puede llevar con o sin corbata, la cual siempre deberá ser oscura. Evitar tenis, pantalones de mezclilla y pantalones casuales.

Los niños menores de doce años, por ningún motivo vestirán de negro, en su lugar usarán colores neutros, preferentemente el blanco.

Recordemos que es la despedida que le damos a nuestro ser querido, arreglémenos apropiadamente para tal evento.


8) El hombre no le cede la parte interior de la acera a la mujer.

En la Edad Media no había drenaje entubado, por lo que los desechos (de todo tipo, y cuando digo de todo tipo, hablo de TODO) eran arrojados a la calle, por lo que los transeúntes eran expuestos a salpicaduras y charcos de dudosa procedencia. En el tiempo de mis abuelos se decía, que el hombre que caminaba con una mujer, dejándola en la parte exterior de la acera, la estaba "vendiendo". En nuestros días, si vamos con una mujer, ella caminará por la parte interior de la acera y el hombre por la exterior, así la protegemos de posibles nalgadas de automovilistas lujuriosos. Claro que como están los tiempos, el automovilista tal vez quiera nalguear al hombre, pero, para eso está uno, jaja. Para ceder la acera a una dama, el caballero caminará por detrás de ella y se colocará en la parte exterior. Los caballeros, o aspirantes a, deberán ceder la parte interna de la acera a las mujeres, niños, hombres maduros que caminen hacia ellos en sentido contrario.



9) No apagar el celular en espectáculos públicos o ceremonias.

Creo que no tengo que extenderme mucho en el tema. En el cine, teatro, ceremonias religiosas o civiles, es indispensable apaguemos el celular o mínimo ponerlo en vibrador. No hay nada más naco que un celular sonando a la mitad de un concierto, denota una total falta de consideración y respeto por los demás y también interfiere con la concentración de los actores o ejecutantes.


10) Tratar despectivamente al personal de servicio.

No sé si sea error de etiqueta o falta de humanidad, pero me parece indispensable incluir este punto. Me parece que la nobleza y calidad de una persona, se aprecian claramente en la forma en la que tratan al personal que los sirve: meseros, capitanes, servidumbre doméstica, nanas, valet parkings, etc. Tratar mal a estas personas, sólo porque se tiene una posición de poder sobre ellas, es una cobardía y habla de alguien muy, muy acomplejado. Es indispensable que seamos educados, cortéses, cálidos con aquellos que nos sirven. Tratarlos mal solo echa lodo sobre nosotros mismos. Respetemos el trabajo y la humanidad de quienes nos sirven y tratemos a todos por igual, sin distingos. He dicho.


























domingo, 10 de octubre de 2010

Las Bugambilias son de Sol. Cuento de Raúl Antonio Reding Díaz. Mayo de 1996.

Hola a todos, retomo este blog con la publicación de uno de mis textos. Como algunos de ustedes saben, muchos años me dediqué a escribir. A continuación les entrego uno de mis últimos cuentos que hice, es de mis favoritos. Espero sus comentarios, atentos a los nombres de los personajes:


LAS BUGAMBILIAS SON DE SOL


                   


Cuando Ismael nació, Sara ya estaba en el final de sus veinte y Nicolás a la mitad de sus treinta. Sara y Nicolás se habían casados dos años antes, después de vivir juntos otros cinco. Ella impartía clases de ballet. Sus movimientos delicados, elegantes, así como sus hombros siempre echados atrás, hablaban de gracia y disciplina desde pequeña. Parecía recortada de un cuadro de Van Gogh. Nicolás era silencioso, melancólico, evaporado de alguna pintura del Greco, con sus manos angulosas y una barba tenaz.


Ismael fue un bebé robusto e inquieto, que a los tres días de nacido rechazó el pecho materno y prefirió engullir latas y latas de leche en polvo. A los ocho meses ya decía "Agua" y "Papá". A los diez, caminaba asido del dedo afilado de Nicolás que lo miraba crecer con esa sonrisa suave e incompleta que lo caracterizaba. Sara gastaba sus mañanas en contemplar al bebé, acariciar sus brazos suaves, jugar con él. Ismael creció muy rápido. A los cuatro años de edad, ya se paseaba por toda la casa, cerraba y abría puertas, desarmaba y examinaba cuanto había en la casa.



- Sara, estoy aburrido.

- ¿Por qué no vas al jardín a jugar con tu balón?

- Es que no tengo con quién jugar.

- Ahorita que termine de hacer la comida, salgo contigo.

- Sara...

- ¿Qué paso?

- ¿Por qué estaba gritando anoche? - Sara palideció y siguió cortando papas.

- Se puso un poco malito.

- Me asustó mucho con sus gritos. Le hace bien feo.

- ¿Por qué no te pones a iluminar el cuento que te compró tu papá mientras termino?

- Me da miedo. ¿Por qué está aquí?

-...

- Yo quiero que se vaya. No me gusta.

- Ismael, ya te expliqué muchas veces.

- Me da miedo cuando le das de comer y le hace así.

- ¿Cómo?

- Así… ¿ves? Se parece al Chóper.

- Ya cállate Ismael.

- ¿Por qué no tengo hermanitos como Huicho? Él juega bien padre con Alex y con Diego.

- Si te portas bien, a lo mejor te compramos uno.

- ¿A dónde vas?

- Voy a darle de comer a Luciano.

- Dijistes que íbamos a jugar. ¿Para qué le das de comer? Ni crece.

- ...Ahorita regreso. Ve al jardín.

- Deberíamos tirarlo. Cuando llegue el señor de la basura le voy a decir que se lo lleve.

- Ya te dijo tu papá que no hables así de tu hermano.

- Eso no es mi hermano. Me da miedo.



Sara enjugó una lágrima con la mano y cerro los ojos cuidándose de que no la viera Ismael. Tomó la charola, abandonó la cocina. Ismael salió al jardín y se entretuvo un rato, tratando de enfrentar a una cochinilla con una hormiga, sin éxito. Luego se fue a sentar debajo de la bugambilia que tanto mimaba Sara con vitaminas y fertilizantes. Sara había cambiado de lugar la planta porque el jardinero le dijo que en la sombra se iba a secar, que las bugambilias necesitaban sol. Ismael permaneció unos minutos arrancando flores y hojas de la planta, haciéndolas rollitos que lanzaba al pasto. Después se levantó para dirigirse sigilosamente a la habitación donde se encontraba Sara, alimentando a Luciano. "Un caso en diez millones", "Un verdadero misterio de la genética", "Un milagro que siga vivo", habían dicho los doctores que atendieron a Luciano desde su nacimiento. Sara y Nicolás habían orado después del parto, "Para que se hiciera la voluntad de Dios". Luciano acababa de cumplir ocho años de edad. Ismael se asomó por la puerta entreabierta. Desde ahí se podía ver la cama con barandales y correas donde dormía Luciano, Sara le daba de comer en la boca. Ismael se quedó muy quieto, observando el cuadro. Sus ojos y boca se abrían, su ceño se fruncía cada vez que observaba esta escena. Desde la puerta veía ojos minúsculos y negros de Luciano, que le recordaban a las lagartijas que perseguía en el rancho de su abuelo. Sara siempre sentía la mirada de Ismael tras de sí:



- ¡Ismael! ¿Qué haces aquí? Van cien veces que te digo que no puedes entrar a este cuarto. Vete al jardín.- Ismael no contestó nada y como siempre, corrió asustado. Luciano bramaba, excitado por los gritos de su madre. La escena se repetía con poca frecuencia, pero cuando acontecía, provocaba una convulsión en la familia: Sara lloraba el resto del día, Nicolás la consolaba cuando llegaba del trabajo e Ismael se iba a su cuarto. Siempre que veía a su hermano tenía pesadillas en la noche y despertaba dando gritos:"¡Me comeeee! ¡Me va a comer, Mamiiii!", entonces Sara y Nicolás acudían al rescate. A la mañana siguiente los tres desayunaban en silencio, como quién ha tenido un mal sueño que no se puede recordar con toda claridad, pero que queda impregnado en el pensamiento por varias horas.



***********



El Dr. Balbuena era el médico de cabecera de la familia. Cada mes acudía a examinar a Luciano, lo revisaba, le hacía preguntas a Sara y después ordenaba cambios en los medicamentos o en la alimentación de Luciano.

- ¿Cómo lo ve hoy doctor?

- Mejor que el mes pasado, Sarita, aunque ha seguido perdiendo peso.

- Sí, ha estado demasiado inquieto y casi no come. Hay algo que Nicolás y yo le queremos preguntar.

- ¿Qué sucede?

- ¿Cuánto tiempo va a vivir?

- ¿Perdón?

- Luciano. ¿Cuánto tiempo más cree que viva?

- Miren, eso ya lo hemos hablado. En casos como este...es imposible hacer cálculos. Sólo podemos especular. Ustedes saben que he buscado toda la información relacionada con este caso, pero es tan extraordinario que no hay antecedente de algo parecido. Es similar en algunos síntomas a otros desórdenes genéticos, a ciertas aberraciones cromosómicas, pero en realidad no encaja e ningún patrón. Luciano podría morir mañana mismo o quizás en diez años. No lo sabemos.




 
Nicolás miraba al suelo con las manos juntas mientras escuchaba las palabras del Doctor Balbuena. Sara suspiraba y acariciaba su nuca. Sus ojos húmedos saltaban del rostro del Doctor al de Luciano y luego escapaban al jardín con su bugambilia.

- Lo que sucede es que estamos teniendo muchos problemas con Ismael. Por más que le explicamos y tratamos de tranquilizarlo, no, no podemos. Le tiene pavor a Luciano. -Acotó Nicolás mientras se ponía de pie junto al barandal de la cama.

- Es natural. Pero son fases de ajuste. Poco a poco el niño se irá acostumbrando a su hermano, creánmelo. Pero el proceso no es instantáneo. Deben ser pacientes y hacer todo lo que les diga el psicólogo.

- Hemos considerado la posibilidad de internar a Luciano. En un lugar especializado. Si solo estuviéramos Sara y yo...pero, Ismael...no queremos...usted sabe doctor, traumas y todo eso. Ismael ha tenido muchas pesadillas.

- Bueno, realmente eso es algo que ustedes deben decidir, quizás el psicólogo los podría orientar más que yo. Aunque si me permiten ser realista, en el estado en que se encuentra Luciano, da lo mismo si está aquí con ustedes o en una institución especializada. De cualquier forma supongo que lo seguirían viendo con frecuencia.

- Por supuesto.- Intervino Sara tajante- Luciano es mi hijo. Y lo quiero. Dios sabe cuánto.

- Yo lo sé Sarita. Podría recomendarles dos o tres hospitales donde la atención es de primera, varios colegas trabajan ahí. Cuando tengan una decisión, llámenme.

- Gracias, doctor.

Luciano seguía con sus dos puntitos negros la figura de Sara. Observaba a los tres presentes, pero siempre más atento a cualquier movimiento de su madre, a cada una de sus palabras. Su respiración era un pesado resuello cuando se quedó solo en su habitación.

**********



La noche en la que el niño murió, dos días después de su última revisión médica, Sara había estado tratando de localizar al Doctor Balbuena, pero no lo encontró. La fiebre había llegado a los 40º C y ninguna medicina parecía servir. El pequeño se revolvía inquieto en su cama, balbuceaba y gritaba. Sara lloraba, marcaba una y otra vez el teléfono del Doctor. Cuando Nicolás llegó, abrazó a Sara y luego al niño. Estaba más tranquilo, pero la fiebre no cedía. Lo envolvieron en una frazada y Nicolás lo cargó hasta el coche. Sara se asomó al cuarto de su otro hijo, y tras comprobar que dormía profundamente, tomó su bolsa y corrió a reunirse con el enfermo y con su marido. Arrancaron a toda prisa. A las 11:43 los doctores avisaron a Sara y Nicolás que el niño había muerto. La autopsia no reveló gran cosa. "Tal vez un desorden en el sistema inmunológico, una sobre reacción a alguna infección, alguna alergia que había pasado desapercibida en el niño, habían provocado la fiebre alta" dijeron los médicos. Ismael había muerto a los cuatro años con tres meses. Nicolás y Sara lloraban abrazados. Permanecieron en el pasillo durante unos minutos. Luego se levantaron. Había que hacerse cargo de los trámites.

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- ¿Por qué, por qué Nicolás?

- No me preguntes eso Sara, tú sabes por qué. Estamos pagando un precio alto. Eso es todo.

- ¿Sabes?, creo que Ismael es como mi bugambilia. Necesitaba sol. Aquí sólo hay sombras.

- Sí, creo que fue mejor así.



Sara y Nicolás callaron mientras contemplaban la bugambilia del jardín, sentados en la terraza. Luciano miró fijamente la planta y sonrió por primera vez en su vida. Luciano era el primogénito. El hijo de Sara y Nicolás. El único.



MAYO DE 1996.