Hola a todos, retomo este blog con la publicación de uno de mis textos. Como algunos de ustedes saben, muchos años me dediqué a escribir. A continuación les entrego uno de mis últimos cuentos que hice, es de mis favoritos. Espero sus comentarios, atentos a los nombres de los personajes:
LAS BUGAMBILIAS SON DE SOL
Cuando Ismael nació, Sara ya estaba en el final de sus veinte y Nicolás a la mitad de sus treinta. Sara y Nicolás se habían casados dos años antes, después de vivir juntos otros cinco. Ella impartía clases de ballet. Sus movimientos delicados, elegantes, así como sus hombros siempre echados atrás, hablaban de gracia y disciplina desde pequeña. Parecía recortada de un cuadro de Van Gogh. Nicolás era silencioso, melancólico, evaporado de alguna pintura del Greco, con sus manos angulosas y una barba tenaz.
Ismael fue un bebé robusto e inquieto, que a los tres días de nacido rechazó el pecho materno y prefirió engullir latas y latas de leche en polvo. A los ocho meses ya decía "Agua" y "Papá". A los diez, caminaba asido del dedo afilado de Nicolás que lo miraba crecer con esa sonrisa suave e incompleta que lo caracterizaba. Sara gastaba sus mañanas en contemplar al bebé, acariciar sus brazos suaves, jugar con él. Ismael creció muy rápido. A los cuatro años de edad, ya se paseaba por toda la casa, cerraba y abría puertas, desarmaba y examinaba cuanto había en la casa.
- Sara, estoy aburrido.
- ¿Por qué no vas al jardín a jugar con tu balón?
- Es que no tengo con quién jugar.
- Ahorita que termine de hacer la comida, salgo contigo.
- Sara...
- ¿Qué paso?
- ¿Por qué estaba gritando anoche? - Sara palideció y siguió cortando papas.
- Se puso un poco malito.
- Me asustó mucho con sus gritos. Le hace bien feo.
- ¿Por qué no te pones a iluminar el cuento que te compró tu papá mientras termino?
- Me da miedo. ¿Por qué está aquí?
-...
- Yo quiero que se vaya. No me gusta.
- Ismael, ya te expliqué muchas veces.
- Me da miedo cuando le das de comer y le hace así.
- ¿Cómo?
- Así… ¿ves? Se parece al Chóper.
- Ya cállate Ismael.
- ¿Por qué no tengo hermanitos como Huicho? Él juega bien padre con Alex y con Diego.
- Si te portas bien, a lo mejor te compramos uno.
- ¿A dónde vas?
- Voy a darle de comer a Luciano.
- Dijistes que íbamos a jugar. ¿Para qué le das de comer? Ni crece.
- ...Ahorita regreso. Ve al jardín.
- Deberíamos tirarlo. Cuando llegue el señor de la basura le voy a decir que se lo lleve.
- Ya te dijo tu papá que no hables así de tu hermano.
- Eso no es mi hermano. Me da miedo.
Sara enjugó una lágrima con la mano y cerro los ojos cuidándose de que no la viera Ismael. Tomó la charola, abandonó la cocina. Ismael salió al jardín y se entretuvo un rato, tratando de enfrentar a una cochinilla con una hormiga, sin éxito. Luego se fue a sentar debajo de la bugambilia que tanto mimaba Sara con vitaminas y fertilizantes. Sara había cambiado de lugar la planta porque el jardinero le dijo que en la sombra se iba a secar, que las bugambilias necesitaban sol. Ismael permaneció unos minutos arrancando flores y hojas de la planta, haciéndolas rollitos que lanzaba al pasto. Después se levantó para dirigirse sigilosamente a la habitación donde se encontraba Sara, alimentando a Luciano. "Un caso en diez millones", "Un verdadero misterio de la genética", "Un milagro que siga vivo", habían dicho los doctores que atendieron a Luciano desde su nacimiento. Sara y Nicolás habían orado después del parto, "Para que se hiciera la voluntad de Dios". Luciano acababa de cumplir ocho años de edad. Ismael se asomó por la puerta entreabierta. Desde ahí se podía ver la cama con barandales y correas donde dormía Luciano, Sara le daba de comer en la boca. Ismael se quedó muy quieto, observando el cuadro. Sus ojos y boca se abrían, su ceño se fruncía cada vez que observaba esta escena. Desde la puerta veía ojos minúsculos y negros de Luciano, que le recordaban a las lagartijas que perseguía en el rancho de su abuelo. Sara siempre sentía la mirada de Ismael tras de sí:
- ¡Ismael! ¿Qué haces aquí? Van cien veces que te digo que no puedes entrar a este cuarto. Vete al jardín.- Ismael no contestó nada y como siempre, corrió asustado. Luciano bramaba, excitado por los gritos de su madre. La escena se repetía con poca frecuencia, pero cuando acontecía, provocaba una convulsión en la familia: Sara lloraba el resto del día, Nicolás la consolaba cuando llegaba del trabajo e Ismael se iba a su cuarto. Siempre que veía a su hermano tenía pesadillas en la noche y despertaba dando gritos:"¡Me comeeee! ¡Me va a comer, Mamiiii!", entonces Sara y Nicolás acudían al rescate. A la mañana siguiente los tres desayunaban en silencio, como quién ha tenido un mal sueño que no se puede recordar con toda claridad, pero que queda impregnado en el pensamiento por varias horas.
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El Dr. Balbuena era el médico de cabecera de la familia. Cada mes acudía a examinar a Luciano, lo revisaba, le hacía preguntas a Sara y después ordenaba cambios en los medicamentos o en la alimentación de Luciano.
- ¿Cómo lo ve hoy doctor?
- Mejor que el mes pasado, Sarita, aunque ha seguido perdiendo peso.
- Sí, ha estado demasiado inquieto y casi no come. Hay algo que Nicolás y yo le queremos preguntar.
- ¿Qué sucede?
- ¿Cuánto tiempo va a vivir?
- ¿Perdón?
- Luciano. ¿Cuánto tiempo más cree que viva?
- Miren, eso ya lo hemos hablado. En casos como este...es imposible hacer cálculos. Sólo podemos especular. Ustedes saben que he buscado toda la información relacionada con este caso, pero es tan extraordinario que no hay antecedente de algo parecido. Es similar en algunos síntomas a otros desórdenes genéticos, a ciertas aberraciones cromosómicas, pero en realidad no encaja e ningún patrón. Luciano podría morir mañana mismo o quizás en diez años. No lo sabemos.
Nicolás miraba al suelo con las manos juntas mientras escuchaba las palabras del Doctor Balbuena. Sara suspiraba y acariciaba su nuca. Sus ojos húmedos saltaban del rostro del Doctor al de Luciano y luego escapaban al jardín con su bugambilia.
- Lo que sucede es que estamos teniendo muchos problemas con Ismael. Por más que le explicamos y tratamos de tranquilizarlo, no, no podemos. Le tiene pavor a Luciano. -Acotó Nicolás mientras se ponía de pie junto al barandal de la cama.
- Es natural. Pero son fases de ajuste. Poco a poco el niño se irá acostumbrando a su hermano, creánmelo. Pero el proceso no es instantáneo. Deben ser pacientes y hacer todo lo que les diga el psicólogo.
- Hemos considerado la posibilidad de internar a Luciano. En un lugar especializado. Si solo estuviéramos Sara y yo...pero, Ismael...no queremos...usted sabe doctor, traumas y todo eso. Ismael ha tenido muchas pesadillas.
- Bueno, realmente eso es algo que ustedes deben decidir, quizás el psicólogo los podría orientar más que yo. Aunque si me permiten ser realista, en el estado en que se encuentra Luciano, da lo mismo si está aquí con ustedes o en una institución especializada. De cualquier forma supongo que lo seguirían viendo con frecuencia.
- Por supuesto.- Intervino Sara tajante- Luciano es mi hijo. Y lo quiero. Dios sabe cuánto.
- Yo lo sé Sarita. Podría recomendarles dos o tres hospitales donde la atención es de primera, varios colegas trabajan ahí. Cuando tengan una decisión, llámenme.
- Gracias, doctor.
Luciano seguía con sus dos puntitos negros la figura de Sara. Observaba a los tres presentes, pero siempre más atento a cualquier movimiento de su madre, a cada una de sus palabras. Su respiración era un pesado resuello cuando se quedó solo en su habitación.
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La noche en la que el niño murió, dos días después de su última revisión médica, Sara había estado tratando de localizar al Doctor Balbuena, pero no lo encontró. La fiebre había llegado a los 40º C y ninguna medicina parecía servir. El pequeño se revolvía inquieto en su cama, balbuceaba y gritaba. Sara lloraba, marcaba una y otra vez el teléfono del Doctor. Cuando Nicolás llegó, abrazó a Sara y luego al niño. Estaba más tranquilo, pero la fiebre no cedía. Lo envolvieron en una frazada y Nicolás lo cargó hasta el coche. Sara se asomó al cuarto de su otro hijo, y tras comprobar que dormía profundamente, tomó su bolsa y corrió a reunirse con el enfermo y con su marido. Arrancaron a toda prisa. A las 11:43 los doctores avisaron a Sara y Nicolás que el niño había muerto. La autopsia no reveló gran cosa. "Tal vez un desorden en el sistema inmunológico, una sobre reacción a alguna infección, alguna alergia que había pasado desapercibida en el niño, habían provocado la fiebre alta" dijeron los médicos. Ismael había muerto a los cuatro años con tres meses. Nicolás y Sara lloraban abrazados. Permanecieron en el pasillo durante unos minutos. Luego se levantaron. Había que hacerse cargo de los trámites.
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- ¿Por qué, por qué Nicolás?
- No me preguntes eso Sara, tú sabes por qué. Estamos pagando un precio alto. Eso es todo.
- ¿Sabes?, creo que Ismael es como mi bugambilia. Necesitaba sol. Aquí sólo hay sombras.
- Sí, creo que fue mejor así.
Sara y Nicolás callaron mientras contemplaban la bugambilia del jardín, sentados en la terraza. Luciano miró fijamente la planta y sonrió por primera vez en su vida. Luciano era el primogénito. El hijo de Sara y Nicolás. El único.
MAYO DE 1996.



Sin palabras.. excelente relato Raúl. Quiero más!!
ResponderBorrarRaul!!! Excelente narrativa, redacción de las que da gusto leer :D. Amé la forma en la que sabes elegir las palabras para unirlas de manera tan armoniosa, la descripción de lugares, estados de ánimo y situaciones tan puntual que dan ganas de leer más, coincido con Irasema: Quiero más!!!
ResponderBorrarMartín, gracias por tus palabras, les iré compartiendo más textos, siento que estoy abriendo el baúl de mis recuerdos....en una de ésas y me animo a volver a escribir, jaja. Abrazote de oso!
ResponderBorrarprimo!! yo no sabia que escribias... pero que bien lo haces!, aunque me mato la crueldad.. me encanto!!!.. ya SOY FAN e tu blog.. saludos!
ResponderBorrarPrimaaaa! No puedo creeerlo! Pues sí, hice un diplomado en creación literaria de 1988 a 1990 en la SOGEM Guadalajara, publiqué en algunas revistas literarias y me publicaron dos cuentos en un libro "De Tanto Contar" Editorial La Luciérnaga, que era una antología de los alumnos de SOGEM, también se los voy a mostrar por acá. De 1995 a 1996 lo retomé tallereando con Carolina Aranda y tiempo después ya lo dejé, ahora sólo escribo cartas, diarios, crónicas, con un corte más intimista y personal, pero con este blog me están dando ganas de retomar el asunto. Me da gusto que sigas mi blog, recomiéndame con tus contactos para que lo visiten, plsssss! Te mando besos, prima linda. Ahora ya sabes un poco más de mí.
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