Clara se abrochó el brassiere: -Tu hermano está por llegar. -¿Y qué hay de nosotros?- Él tiene junta de consejo mañana todo el día- Mario se puso sus tenis y su playera roja: -Mañana tengo que estudiar, ¿Nos vemos el domingo?.- El domingo es día de misa- Y Clara se volvió a poner su collar de perlas. Afuera el sol quemaba.
Retazos de mi vida pegados en un sobrecama del ciberespacio. El lugar donde comparto desde los más pequeños detalles hasta los sucesos más grandes de mi existir. Desde Moda y Diseño, hasta Política y Filosofía, pasando por Etiqueta Contemporánea, Libros, Arte, Cine, Cocina, Historia. Amigos, Pareja, Familia, Sexualidad, Comida, Bebida y lo que vaya encontrando en el camino...
jueves, 30 de agosto de 2012
miércoles, 13 de junio de 2012
¡Ay, por favor, ya no hablen de política!
En estos días de actividad electoral y propaganda política, con temor y decepción me encuentro cada vez más personas (básicamente mujeres), que protestan en sus muros de Facebook porque sus contactos "han secuestrado el sitio y no hacen más que hablar de política, como si fueran expertos en la materia".
Tal vez muchas de ellas no lo saben por su edad, o tal vez lo olvidaron, que durante muchos años, nuestro país vivió en un régimen donde la libertad de expresión era sólo una fachada, había monstruos y vacas sagradas INTOCABLES, empezando por el Presidente de la República.
Hubo presidentes como Luis Echeverría, que provocó la caída de Julio Scherer, director del periódico Excélsior, a raíz de publicar artículos que le molestaban pues denigraban su persona, según él.
Fueron muchísimos años de mordazas y represión para los críticos del régimen priista. A partir de 1988 vino un proceso de democratización, de lucha social que culminó con el derrocamiento del PRI en el poder en el año 2000. Con críticas y todo, tepocatas, botas, dichos y lo que gusten y manden, Vicente Fox retomó los reclamos de la lucha social, lidereada principalmente por la izquierda, y democratizó muchas partes de la vida pública, empezando por la libertad de expresión.
A partir de él, se desdoró, se desacralizó la investidura presidencial para ponerla al nivel de los demás mortales. El presidente dejó de ser omnipotente e intocable. Los periodistas agachones, que antes no se atrevían a levantar la cabeza en gobiernos priístas, se dieron vuelo con la nueva libertad adquirida y por primera vez en más de setenta años, pudieron expresar y criticar a sus anchas no sólo al Presidente de la República sino a todo el aparato de gobierno.
Nunca como antes, hemos vivido la libertad de expresión en nuestro país. ¿Que falta mucho por hacer? De acuerdo, y es trabajo de todos nosotros, no solo de los gobernantes, lograr una sociedad cada vez más democrática, más informada, más crítica y reflexiva. Lo cierto es que estamos en el camino de.
No los voy a marear con una lista de nombres o movimientos que lucharon por estos cambios democráticos. Bastará recordar, para propósitos de este artículo, que fueron hombres y mujeres de distintas filias políticas, edades, creencias religiosas, estratos sociales, que lucharon tenaz e incansablemente por democracia y libertad.

Y ahora mis queridas amigas, se molestan porque algunos decidimos invertir parte de nuestro tiempo y espacio en Facebook y en otras redes sociales en expresar nuestras opiniones y puntos de vista sobre la situación política de nuestro país. Perdón si afeo sus preciosos paisajes color de rosa, si les llega polvo a sus coches lavaditos, si les hecho a perder sus garden parties, sus baby showers, sus precopas, perdón si muevo sus pamelas cubiertas de flores en sus tardes de té.
No pretendo que compartan mis convicciones políticas. Pero que exhorten a mi y a varios a que dejemos de utilizar las redes sociales como medio de expresión, me parece preocupante y triste, por decir lo menos. Si no quieren leer todos los comentarios políticos, es respetable. Lo triste es que no quieran enterarse DE NADA que tenga que ver con política, porque les echa a perder la diversión del momento. Preocupante. Luego vienen las quejas contra los gobiernos , el desgarrarse las vestiduras y la victimización.
Apunto también, que no es necesario ser expertos en un tema para opinar sobre él, mucho menos en una red social. Por dejar que OTROS, piensen por nosotros, analicen por nosotros, reflexionen por nosotros, y hablen por nosotros, es que estamos como estamos. El domingo pasado en un programa pos debate de Cadena Tres, uno de los críticos decía que no se les podía exigir a los votantes mexicanos, el nivel de análisis de los votantes suecos, por ejemplo. El comentario me caló. Me pisó un callo el recanijo. Tiene gran parte de razón. Ese es el punto, necesitamos convertirnos en electores, en votantes más críticos, analíticos y reflexivos.
L@s invito, atentamente, a que revisen de vez en cuando algun artículo, algúna revista, alguna nota que l@s mantenga informados sobre lo que estamos viviendo. Corren tiempos difíciles e intensos. No cerremos los ojos. Abrámoslos todo lo que podamos.
Les dejo con un artículo que Guadalupe Loaeza publicó en UNOMASUNO el 6 de noviembre de 1982 y que da título a la presente entrada. Vayan a la página 17 del libro que lo contiene (Las niñas bien.Loaeza, Guadalupe, 1987, Editorial Océano). Lean el artículo. Disfrútenlo. Diviértanse. Revisen si hay algo ahí que les pueda aportar una sonrisa, unas cejas levantadas, o un tema de reflexión. ¿Qué tanto hemos cambiado como sociedad, en treinta años?:
Espero sus comentarios y agradezco que sigan mi blog y lo recomienden.
Raúl Antonio Reding
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domingo, 3 de junio de 2012
¿Qué leemos?: "Noticias del Imperio" de Fernando del Paso
En esta sección de mi blog personal, iré comentando y recomendando los libros que de alguna manera me han marcado (Saludos, EPN). No todos serán obras maestras, me gusta leer variadito. Como muchos de ustedes saben, la lectura y la escritura siempre han estado presentes en mi vida, mis libros tan queridos, constituyen parte de mi universo interno.
En esta ocasión, quiero hablar de "Noticias del Imperio" de Fernando del Paso 1987, México, D.F.
Noticias del Imperio es la crónica desgarradora, viva y llena de detalles, del Segundo Imperio Méxicano (1864-1867). En forma de novela histórica, nos habla de cómo Maximiliano de Habsurgo y Carlota de Bélgica, llegaron a convertirse en emperadores de México, su fugaz paso por nuestra historia, sus debilidades, miedos, obsesiones, ambiciones y arrepentimientos, así como su trágico y romántico final.
"Yo soy María Carlota de Bélgica. Emperatriz de México y de América. Yo soy María Carlota Amelia, prima de la Reina de Inglaterra, Gran Maestre de la Cruz de San Carlos y Virreina de las provincias del Lombardovéneto acogidas por la piedad y la clemencia austriacas bajo las alas del águila bicéfala de la Casa de los Habsburgo. Yo soy María Carlota Amelia Victoria, hija de Leopoldo Príncipe de Sajonia-Corburgo y Rey de Bélgica, a quien llamaban el Néstor de los Gobernantes y que me sentaba en sus piernas, acariciaba mis cabellos castaños, y me decía que yo era la pequeña sílfide del Palacio de Laeken. Yo soy María Carlota Amelia Victoria Clementina, hija de Luisa María de Orleáns, la reina santa de los ojos azules y la nariz borbona que murió de consunción y de tristeza por el exilio y la muerte de Luis Felipe, mi abuelo, que cuando todavía era Rey de Francia me llenaba el regazo de castañas y la cara de besos en los Jardines de las Tullerías."
Así inicia su obra Fernando del Paso (1 de abril de 1935, Ciudad de México), en un in crescendo delicioso y dramático que me provoca pensar en juegos pirotécnicos, castillos, charreteras, vestidos hampones, vajillas, etiquetas, soldados, cartas, batallas, secretos, intrigas, traiciones, sexo, pasión y desesperanza.
Los capítulos impares, están dedicados a los recuerdos de Carlota a los ochenta y seis años de edad, completamente loca, recluída en el Castillo de Bouchot por sesenta años desde que perdió la razón. Los recuerdos son azarosos, desordenados, llenos de color, de texturas, de olores, de sonidos, de hielo, fuego, luz y sombras. En ello se van enhebrando los retazos de su historia y la de Maximiliano, mezclados con la historia de México. Son los capítulos más poéticos y conmovedores, recargados como el churrigueresco de datos, nombres, fechas y anécdotas.
Los capítulos pares, constituyen la crónica histórica, metódica, maniática, llena de erudición y de datos de nuestro México lindo, desde 1861 hasta 1867.
Tengo entendido que Fernando del Paso pasó varios años tan sólo en reunir todos los datos históricos para escribir el libro, hurgando en bibliotecas y archivos personales en América y Europa. Es impresionante la cantidad de información que da en cada página, no me imagino cómo logró manejar tanto conocimiento y dosificarlo a través de la novela, pensado especialmente, que cuando escribió este libro, no se contaba con los adelantos tecnológicos de hoy en día.
Noticias del Imperio es una JOYA, así, con mayúsculas, de la literatura mexicana contemporánea. Mezcla la poesía, la imaginación, lo que no fue pero pudo haber sido, con nuestra historia, nuestras costumbres, nuestra gastronomía, nuestra realidad. Así, todo junto, todo revuelto, todo enmañarado. Así le queda a Fernando del Paso, una filigrana de plata, bella, etérea, que habla de nuestra propia identidad como país y como pueblo.
Es una novela para disfrutarse, para cultivarse, para informarse, y sobre todo, para sentirse. No importa que después de leer el libro no recordemos todos los nombres, todas las fechas, todas las batallas. La obra logra comunicarnos esa emoción, esos días de luchas y de intrigas, entre conservadores y liberales, entre clérigos y seglares, entre monárquicos y republicanos, entre mexicanos y extranjeros.
El libro está lleno de historias interesantes y datos anecdóticos, como que Maximiliano y Carlota pasaron su primer noche en la Ciudad de México, en Palacio Nacional, sobre una mesa de billar, porque las chinches se los estaban comiendo en su cama. Nos enteramos que la canción preferida de Carlota era la habanera "La Paloma", y que Max tenía como amante a la hija del jardinero que les cuidaba su casa de La Borda en Cuernavaca. Nos enteramos que Carlota no podía tener hijos, y que disfrazada con espesos velos negros, fue a un mercado de hierbas a comprar una pócima para embarazarse, la mujer herbolaria, partidiaria de Benito Juárez, la reconoció, y cuenta la leyenda que le dio unos hongos que fueron los que le dieron el empujón final rumbo a su locura.
Esta obra ha sido fuente de inspiración para otras piezas, en el teatro recuerdo al menos dos: "Réquiem por un Imperio" con Susana Alexander y "Carlota Emperatriz" con Jaqueline Andere. Ambas puestas geniales, soberbias. La segunda de ellas, nos muestra a una Carlota desquiciada que lleva a sus propias gallinas en sus viajes, para poder comer exclusivamente los huevos puestos por éstas, pues temía ser envenenada en todos los lugares en los que se alojaba, aún cuando fue huésped del Papa en El Vaticano.
Imagino la pequeña corte mexicana, pretenciosa, con sus monogramas hechos ex profeso, en todas sus vajillas y mantelería y sus damas de compañía región 4, extraídas del jet set mexicano de entonces, damas que cuando conocieron a Carlota, la abrazaron y la besaron, lo cual sorprendió y ofendió profundamente a la princesa belga, que estaba acostumbrada a una etiqueta mucho más rígida y austera.

En el libro descubrí, que lejos de lo que me enseñaron en la escuela en alguna ocasión, ni Carlota ni Maximiliano fueron villanos ni arrogantes. Sus intenciones eran muy buenas y ellos llegaron engañados a México, pensando que el público los aclamaba y los necesitaba. Ambos trabajaron desde sus trincheras por el bienestar del país, ambos llegaron a amar México y se sentían mexicanos. Ambos renunciaron a sus privilegios y títulos con tal de venir a gobernar un país que ellos pensaban, los necesitaba con todas sus fuerzas. Descubrí que Carlota y Max, sólo fueron unas piezas del ajedrez de la política europea de su época, y que ambos fueron también víctimas de su propia ingenuidad, de su propia ignorancia.
Los dejo con un pequeño video en el que el autor del libro, Fernando del Paso, da lectura a un par de fragmentos del mismo:

Espero que puedan leer esta formidable obra y compartirme sus comentarios.
Raúlo Reding
030612
Los capítulos impares, están dedicados a los recuerdos de Carlota a los ochenta y seis años de edad, completamente loca, recluída en el Castillo de Bouchot por sesenta años desde que perdió la razón. Los recuerdos son azarosos, desordenados, llenos de color, de texturas, de olores, de sonidos, de hielo, fuego, luz y sombras. En ello se van enhebrando los retazos de su historia y la de Maximiliano, mezclados con la historia de México. Son los capítulos más poéticos y conmovedores, recargados como el churrigueresco de datos, nombres, fechas y anécdotas.
Los capítulos pares, constituyen la crónica histórica, metódica, maniática, llena de erudición y de datos de nuestro México lindo, desde 1861 hasta 1867.
Tengo entendido que Fernando del Paso pasó varios años tan sólo en reunir todos los datos históricos para escribir el libro, hurgando en bibliotecas y archivos personales en América y Europa. Es impresionante la cantidad de información que da en cada página, no me imagino cómo logró manejar tanto conocimiento y dosificarlo a través de la novela, pensado especialmente, que cuando escribió este libro, no se contaba con los adelantos tecnológicos de hoy en día.
Noticias del Imperio es una JOYA, así, con mayúsculas, de la literatura mexicana contemporánea. Mezcla la poesía, la imaginación, lo que no fue pero pudo haber sido, con nuestra historia, nuestras costumbres, nuestra gastronomía, nuestra realidad. Así, todo junto, todo revuelto, todo enmañarado. Así le queda a Fernando del Paso, una filigrana de plata, bella, etérea, que habla de nuestra propia identidad como país y como pueblo.
Es una novela para disfrutarse, para cultivarse, para informarse, y sobre todo, para sentirse. No importa que después de leer el libro no recordemos todos los nombres, todas las fechas, todas las batallas. La obra logra comunicarnos esa emoción, esos días de luchas y de intrigas, entre conservadores y liberales, entre clérigos y seglares, entre monárquicos y republicanos, entre mexicanos y extranjeros.
El libro está lleno de historias interesantes y datos anecdóticos, como que Maximiliano y Carlota pasaron su primer noche en la Ciudad de México, en Palacio Nacional, sobre una mesa de billar, porque las chinches se los estaban comiendo en su cama. Nos enteramos que la canción preferida de Carlota era la habanera "La Paloma", y que Max tenía como amante a la hija del jardinero que les cuidaba su casa de La Borda en Cuernavaca. Nos enteramos que Carlota no podía tener hijos, y que disfrazada con espesos velos negros, fue a un mercado de hierbas a comprar una pócima para embarazarse, la mujer herbolaria, partidiaria de Benito Juárez, la reconoció, y cuenta la leyenda que le dio unos hongos que fueron los que le dieron el empujón final rumbo a su locura.Esta obra ha sido fuente de inspiración para otras piezas, en el teatro recuerdo al menos dos: "Réquiem por un Imperio" con Susana Alexander y "Carlota Emperatriz" con Jaqueline Andere. Ambas puestas geniales, soberbias. La segunda de ellas, nos muestra a una Carlota desquiciada que lleva a sus propias gallinas en sus viajes, para poder comer exclusivamente los huevos puestos por éstas, pues temía ser envenenada en todos los lugares en los que se alojaba, aún cuando fue huésped del Papa en El Vaticano.

En el libro descubrí, que lejos de lo que me enseñaron en la escuela en alguna ocasión, ni Carlota ni Maximiliano fueron villanos ni arrogantes. Sus intenciones eran muy buenas y ellos llegaron engañados a México, pensando que el público los aclamaba y los necesitaba. Ambos trabajaron desde sus trincheras por el bienestar del país, ambos llegaron a amar México y se sentían mexicanos. Ambos renunciaron a sus privilegios y títulos con tal de venir a gobernar un país que ellos pensaban, los necesitaba con todas sus fuerzas. Descubrí que Carlota y Max, sólo fueron unas piezas del ajedrez de la política europea de su época, y que ambos fueron también víctimas de su propia ingenuidad, de su propia ignorancia.Los dejo con un pequeño video en el que el autor del libro, Fernando del Paso, da lectura a un par de fragmentos del mismo:

Espero que puedan leer esta formidable obra y compartirme sus comentarios.
Raúlo Reding
030612
sábado, 13 de noviembre de 2010
Otra visita de Huitzipin Ayoztli. Cuento de Raúl Antonio Reding. Marzo de 1996.
Durante meses me dediqué a seguirla, a observarla. Estudié todos sus movimientos, sus costumbres, me aprendí de memoria sus horarios. Era bella y diferente a las que conocía. Se veía tan triste, tan sola, que pensé que le haría un favor al capturarla y tenerla a mi lado. Sus alas brillaban y sus plumas como pelusa fina, se mecían cuando volaba cerca de mí. Gasté noches de insomnio en armar la estrategia más segura que me llevara a cazarla. Diseñé y construí la trampa cuidando cada detalle. Coloqué la carnada y me senté a esperar. Ella planeaba, se acercaba, miraba de reojo el artefacto, después se alejaba, tímida, pero revestida de una dignidad que me hacía desearla más. Transcurrieron una, dos, tres semanas en las que dediqué todo mi tiempo a la captura. El sábado de la cuarta semana, ella se acercó más a la trampa. Se posó en ella y tras un titubeo, cayó. Era mía por fin.
La llevé a mi casa, y la coloqué en una jaula amplia y bien pintada. Lo que tanto había deseado, ahora vivía conmigo. Yo la alimentaba y la limpiaba diariamente. Le cumplí cada uno de sus antojos. La adoré. Mis amigos empezaron a murmurar que la estaba chiqueando demasiado, que no le prestara tanta atención. Ya deja ese pinche pájaro. No les hice caso, pensé que me tenían envidia. Me alejé de ellos y de sus consejos. Ella crecía. Se veía cada día más sana y más viva. Llegó el momento en que mis palabras sólo podían referirse a ella, mis oídos solo escuchaban sus gorjeos y mis ojos no se gastaban en algo que no fuera contemplar sus líneas suaves, limpias, inquietantes.
Un domingo nublado, amanecí enfermo. Tenía náuseas, fiebre y salpullido en todo el cuerpo. Me asusté y llamé al doctor, quién me fue a ver y tras un minucioso examen, me ordenó unos análisis. Yo siempre había sido un hombre muy sano. Los resultados de los análisis llegaron. El doctor me miró preocupado, casi con lástima cuando leyó aquel papel. Tú enfermedad es muy rara en humanos. Es producida por un microorganismo que sólo habita en animales. Produce un daño profundo en el sistema nervioso central y en el inmunológico. En las primeras etapas, el paciente sufre de los síntomas que has tenido hasta ahora. En la segunda etapa, se sufre de pérdida de la memoria, sentimiento de angustia, taquicardias, opresión en el pecho. En la tercera, a menudo surgen infecciones como complicación y después el virus ataca las neuronas de manera irreversible hasta provocar pérdida de la razón, ceguera, sordera y finalmente la muerte, al afectar los movimientos autónomos del corazón y pulmones.
Trago saliva, respiro hondo, la boca se amarga, el corazón se hace chicle. ¿Pero entonces, no es curable? ¿Me voy a morir? Podemos intentar un tratamiento agresivo con antibióticos experimentales, pero no te puedo mentir, Alberto, las probabilidades de éxito son pocas. En verdad esto es un caso muy raro en humanos. Lloré en el consultorio, como sólo yo sé hacerlo. Decidí iniciar el tratamiento de inmediato. Mi mundo se convirtió en inyecciones en la madrugada, pastillas cada hora, ungüentos y polvos para las llagas que se habían formado en todo mi cuerpo. Me convertí en una pústula viviente. En la frente me salieron unos chipotes duros que se fueron calcificando. La piel de mis manos se hizo seca, correosa y mis dedos se juntaron en una masa sanguinolenta con apariencia de pezuña. A mí no me dolía tanto lo que me estaba ocurriendo, como el hecho de que nadie se ocupara de mi mascota.Una tarde en la que el doctor fue a revisarme, me preguntó: ¿qué es eso que tienes en la jaula del jardín? Es mi mascota. Deshazte de ella. ¿Por qué? No puedes tener animales en casa, tú sabes que tu enfermedad proviene de ellos. Es probable que ese pájaro te haya contagiado el virus y no quiero tener el peligro de reinfecciones. No lo creo. Ella es muy limpia. Bien pude haber pescado el bicho de mi gato o de mi perro. No, eso no es posible, el virus que te atacó sólo habita en aves. Yo no quería desprenderme de ella. Era lo único que me daba alegría en mi enfermedad. Pero el doctor fue tajante: “No animales, Alberto”.
Pregunté entre mis amigos y conocidos cuando me iban a visitar, quién quería quedarse con ella por un tiempo. Tenía la esperanza que al sanar, podría recobrarla. Nadie quiso cuidarla ni siquiera temporalmente. El doctor, en su siguiente visita, me recordó su prohibición y una noche tuve que dejarla ir. La observé confundido, por tantos dolores que me agobiaban. Le pedí perdón y después de acariciarla largo rato, abrí la jaula para verla elevarse en la oscuridad. Ahora sí que me sentía solo. En los días siguientes, el tratamiento empezó a dar resultados. Mis llagas empezaron a cerrarse muy lentamente, mis manos volvieron a su forma habitual y los chipotes de la frente se empezaron a suavizar hasta dejar sólo dos leves cicatrices que aún conservo y que me dan comezón cuando hago ejercicio. A los cuatro meses, el doctor me dio de alta.
Festejé con una reunión de amigos. Lorena, una amiga que es una investigadora en mitología prehispánica, se acercó a mi y me dio un sobre amarillo. Léelo cuando tengas tiempo. No te burles de mí. Cuando todos se marcharon, abrí el sobre y encontré una fotocopia de un antiguo códice, con una ilustración de un ave muy parecida a mi mascota perdida, que tenía el siguiente texto:
"Huitzipin ayoztli. Ave de la mitología netzal. Según la leyenda, nació de los amores prohibidos entre el camaleón y la paloma. Los netzales creían que representaba el castigo a la obsesión y a la necedad, por violentar el orden natural al mezclarse dos especies distintas. La mitología sostiene que el ave se alimentaba de la soledad del corazón y de las almas ingenuas. Podía tomar distintas formas, engañando a su presa. Al encontrar a su víctima, era capaz de convertirla en el animal que quisiera con sólo dejarse adorar. La víctima moría al secársele el cerebro y entonces la huitzipin ayoztli la devoraba. Sólo así podía sobrevivir." Me reí y guardé el papel. Ahora, años después, yo no sé qué pensar de esa fotocopia. Pero me estremezco al recordar esos días en los que estuve a punto de convertirme en buey.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
"Madrid-México para principiantes" Crónica de Raúl Antonio Reding. Abril de 1996.
MADRID-MÉXICO PARA PRINCIPIANTES
Suena el teléfono. La voz siseante me avisa:"Son las 6 en punto señor, que tenga buen día" Gracias. Me despierto después de una noche de sueño ligero, nervioso. Tardo unos segundos en ubicarme. Me levanto de la cama, abro las cortinas. Es una mañana fría, soleada. Es mi último día en el Hotel Excélsior, en Madrid. Hoy termino un viaje de placer y debo apresurarme para tomar el vuelo a la Ciudad de México, que sale a las 11 de la mañana.
Me baño, me visto. Un poco de fijador en el pelo para aguantar 11 horas de avión. Acomodo sobre el tocador unas revistas que dejé tiradas en el suelo la noche anterior, cuando leía un artículo sobre la Comunidad Europea; las llevaré en el maletín de mano, para leerlas durante el trayecto de vuelo. Busco la tarjeta con la que se abre el cuarto. No la encuentro. Remuevo cobijas, sábanas y ropa. Nada. Son las 6:45. No puedo salir si no encuentro primero la tarjeta. Abro cajones, el clóset. No la encuentro. Levanto una charola con restos de mi cena de la noche anterior (gazpacho andaluz, club sandwich y cerveza clara), y ahí está. La tomo, cierro dando un portazo. El elevador se acerca a mi piso. Me pego al botón, observo que la luz indicadora se detiene en el piso anterior. Miro la alfombra roja del hotel, las reproducciones impresionistas que intentan alegrar los pasillos oscuros y percibo ese olor tan característico de Madrid, que me desagrada. El elevador ahora desciende, pero sin mí. Bajo por las escaleras. -Buen día, señor. ¿Toma usted café?.-Por favor-. El servicio en Europa es lento, tanto, que me hace suspirar por un Vips o un Denny´s de Guadalajara. -Capitán, disculpe, tengo un poco de prisa, mi vuelo sale al rato y no me traen mi desayuno-. El hombre, gordo, canoso y colorado, se molesta, y me regaña por impaciente. En España te regañan a la menor provocación. De cualquier forma, mi desayuno llega. Cereal insípido, jugo de naranja sintético y un café aguado. Mordisqueo una pieza de pan que no tiene equivalente en México, por su dureza y sabor a carbonato. Por las ventanas del hotel observo la avenida llena de árboles y construcciones color marrón y mostaza, hay muy poca gente caminando. Recibo la cuenta; aparece en ella una tortilla que nunca encargué. Debo convencer al mesero de que yo no ordené ni recibí la hispana tortilla. El mesero me pide que espere, va a hablar con el capitán. El capitán y el mesero mueven mucho los brazos, gesticulan enfadados. El mesero va a la caja, revisa unos papeles, regresa a mi mesa pidiendo una disculpa. Firmo la nota, abandono el comedor. Son las 7:40. La idea de regresar a mi país me da gusto y nervios a la vez. No tomo el elevador, voy directo a las escaleras. Empiezo a subir corriendo. Tengo un retraso en mis planes de 40 minutos. Llego al cuarto e introduzco la tarjeta. Forcejeo. La puerta se resiste. Pinches tarjetas, cómo no ponen llaves normales. Después de unos segundos de lucha, la mitad de la tarjeta se ha quedado en la chapa y yo, aterrado e incrédulo, sostengo la otra mitad. Bajo a la administración, le explico al encargado lo que me ocurrió. El tipo me escucha con atención y con absoluta cara de desprecio me informa que la reposición de la tarjeta me costará 1,500 pesetas, pero que debo esperar, porque el encargado de mantenimiento llega en media hora. -¿Nadie más puede abrir mi puerta?-, -Lo siento, señor, él es el único autorizado para cambiar el cerrojo-. Me siento en el lobby y espero a que llegue el Amo de las Tarjetas. Jugueteo con mi reloj. Lo abrocho-desabrocho en un intento por tranquilizarme, por convencerme de que tengo muy buen tiempo y no hay nada de qué preocuparse. Mi respiración es ahora más rápida. Recuerdo que todavía me falta empacar los artículos de tocador junto con algunos regalos que no quise poner en mi maleta grande. Cruzo la pierna, cruzo la otra. Enciendo un cigarro. Junto a mi pasan maleteros y turistas que no se compadecen ni se enteran de mi pequeño drama. A las 8:15 me acerco al mostrador y el encargado me dice que suba al cuarto, que el empleado de mantenimiento estará conmigo en unos minutos. Subo las escaleras de dos en dos.
Cuando llego al cuarto, ya se encuentra un cincuentón con el uniforme azul y gris del hotel, desarmando la chapa. El cerrojo, como dicen aquí. -Vale, que ha tenido suerte, ¿eh? me ha tocao hoy entrar temprano...no se apure, hombre, que unos minutitos está su cuarto abierto..Venga, ahí está.- Le ofrezco una propina que él rechaza. -No hombre, por favor, que es mi deber-. Entro entonces al cuarto y tomo la pila de revistas, agradecido, se las obsequio -Para que conserve un recuerdo de México- le digo. Me da las gracias y me desea buen viaje. Entro al baño, meto lo que faltaba empacar en una bolsa de lona. Al tomar un frasco de perfume se me resbala y se rompe. Pinche frasco, mis 300 francos a la basura. Me cagan las prisas. Todo huele a Jazz, de Yves Saint Laurent. Recojo los vidrios, los arrojo con coraje al bote de basura. Reviso debajo de la cama, abro todos los cajones, no debo olvidar nada. Saco mis boletos del bolsillo de la chamarra para estar seguro que los llevo conmigo. Mi pasaporte, ¿dónde lo dejé? Meto la mano en la bolsa de la camisa, ahí está, siento el plástico tibio. Recojo unas monedas, busco los billetes de pesos en mi cartera, sí ahí están. Todo en orden. Miró el reloj: 8:27. Bueno, ahí la llevo. Me miro en el espejo y descubro una mancha en mi camisa. La examino de cerca, descubro que es sangre. Me desabrocho, y al hacerlo me doy cuenta que tengo unas cortada minúscula en el dedo índice. Debió ser con los vidrios. Me chupo la herida mientras busco en mi botiquín de viaje un curita. Un curita que no existe, porque entonces recuerdo que usé el último cuatro días antes, cuando me ampollé el talón de tanto caminar en Barcelona. Con el dedo en la boca, que me da una expresión de niño bobo, llamo a recepción y les pido un botones. A las 8:40 aparece un joven con aspecto de árabe que me da los buenos días y acomoda mi equipaje en su carrito. Bajamos por el elevador. Piso 9,8,7. Se detiene. Una pareja de viejitos centroamericanos, con un montón de niños, un botones y otro carrito de maletas, pretenden unirse al descenso. Entran, salen, se acomodan, discuten entre sí. No saben si esperar el siguiente viaje o embarcarse unos ahora y otros después. Mi reloj me grita 8:53. Los viejitos deciden esperar. Abandonan el elevador. Los odio. Llegamos a la planta baja. Me acerco al mostrador, pido mi cuenta. La cajera es una joven de piel blanca, pelo negro y ojos azules que me mira atenta mientras me pide mi nombre completo. Se lo doy, le digo que tengo prisa, que mi avión sale en dos horas, agrego que tengo que estar una hora antes en el aeropuerto. Ella sonríe, asegura que en un momento todo estará listo. Teclea en su computadora, revisa unas tarjetas, anota algo en ellas. Escucho, pero no alcanzo a ver una impresora. -Su cuenta total es de 12,345 pesetas-. Le digo que está bien y le entrego mi tarjeta de crédito. La revisa atentamente, luego la inserta en la maquinita que da las autorizaciones. En la pantalla aparecen unas letras. La cajera se vuelve hacia mí: -Tendrá que esperar unos minutos señor, no tenemos línea, pero no creo que se demore. Tome asiento, por favor.-Tomo asiento, qué me queda. Otro cigarro. El hotel está lleno de turistas japoneses en bermudas y de americanos con camisas floreadas que vienen a hacer rendir sus dólares en esta España de las pesetas devaluadas, del servicio lento. Se acerca a mí una güerita con traje sastre rojo y blanco, quién me ofrece una excursión al Valle de los Caídos y a Toledo. Le doy las gracias, le explico que estoy a punto de marcharme, y que espero la autorización de mi tarjeta de crédito. -Vive dios, si a veces eso tarda un horror, sobre todo cuando la tarjeta es de América...- Al escucharla siento burbujas en mi estómago y le digo que no me eche la sal.-¿La sal? ¿y qué se entiende por eso?- -La mala suerte,- le explico, -así decimos en México-. Se despide, me desea un buen viaje y se aleja a un grupo de turistas brasileños. Voy con la cajera, le pregunto por mi tarjeta. -No se apure usted, que ya hay línea, en unos segunditos está su autorización. Tome usted asiento-. Lo que quiero es tomar mi avión. Espero de pie, hasta que la cajera me hace una seña y me pide que firme el vaucher. Me da la copia doblada con la tarjeta, me desea un feliz viaje y que vuelva pronto (Todos me desean buen viaje, pero no me dejan ir rápido). -Muchas gracias-, contesto tartamudo. Pido un taxi al conserje. Los taxis en Europa los importan de Liliput, el taxista batalla mucho para acomodar mis maletas. -Que se ha cargado usted con todo, ¿eh? Ustedes los mexicanos sí que saben gastar.-Le informo que sólo es mi ropa y libros, que tengo mucha prisa, que debo estar en el Aeropuerto a las 10 y que son las 9:30. El taxista me tranquiliza. Dice que en 15 minutos estamos en Barajas. Arrancamos. Como en México, los taxistas españoles son bromistas, platicadores y metiches. Me advierte que por cada kilo de sobrepeso se pagan 100 dólares. Palidezco. No tengo idea cuál sea el límite de peso, pero pienso que hubiera sido mejor embarcar los libros por correo. El tráfico es lento, se detiene al llegar a la Plaza del Sol. -Que nos ha pillado un atasco-dice el taxista. -¿Un qué?- Un atasco, el tráfico hombre,- Ah, un embotellamiento-. El taxista se ríe de la palabrita, me informa que no hay problema, que sí llegamos a tiempo. A vuelta de rueda abandonamos el centro de Madrid hasta tomar una avenida ancha que nos lleva al Aeropuerto. Le informo al taxista por cual línea viajaré, y él después de echar maldiciones y pelearse con otros conductores, me deja frente a la sala indicada. Le pago. No tiene cambio. Todos son iguales, son una raza aparte. Ni modo, que se quede con el cambio. Bajo mis maletas, las cargo y busco en una hilera larguísima, el mostrador que diga Ciudad de México, Vuelo 945. Nada. Me desespero, corro de aquí para allá, como cucaracha perseguida, pregunto, nadie está seguro. Y yo que pensaba que eso sólo ocurría en mi país. Al fin encuentro el mostrador y descubro que hay otros 40 pasajeros haciendo cola para registrarse. Son las 10 en punto, ya la libré. La fila avanza rápido. Llego al mostrador, entrego mis boletos. Quiero ventanilla por favor. Sólo tengo en sección de fumar. Está bien. Su pasaporte, por favor. Meto la mano en mi camisa y lo que saco no es mi pasaporte. Es una mica con publicidad del hotel donde apunté unas direcciones. Qué imbécil, cómo no lo revisé bien. La empleada de la aerolínea me observa impaciente mientras revuelvo los bolsillos de la chamarra, de mi maletín, de mi pantalón. Siento la mirada de los que esperan detrás de mí. Le explico casi gritando a la señorita que no encuentro el pasaporte. Me dice que reservará mi asiento, pero que no me puede dar el pase de abordar sin el pasaporte. Me hago a un lado de la fila, trato frenético de recordar dónde lo dejé. Estaba seguro que lo había puesto en la bolsa de la camisa. Ayer lo ví, cuando lo usé como separador de las revistas que estaba leyendo...claro. Qué pendejo eres, de seguro lo dejaste en las revistas. Me voy volado a buscar un teléfono. Jadeando, habló al hotel, les explico. No entienden bien mi historia, la repito dos veces a diferentes personas. Me responden que la persona que abrió mi la puerta de mi cuarto, salió del hotel, regresa en media hora, le van a pedir que busque mi pasaporte entre las revistas, que les vuelva a llamar más tarde. Mi peor pesadilla es ahora una realidad. Una realidad de 200 dólares más, si no alcanzo mi vuelo y tomo el siguiente. Tengo la boca seca, sudo a mares y el fijador del pelo ya no está por ningún lado. Me jalo de los pelos, literalmente, me siento a esperar la media hora. Por el altavoz se escucha desde hace rato el anuncio de mi vuelo. Son las 10:35. Voy al baño, me mojó la cara, intento peinarme, la mandíbula me tiembla. Si no encuentro el pasaporte estoy en un gran problema. Ir a la embajada, pedir una copia, esperar uno o dos días más, buscar alojamiento, gastar mucho, mucho. Salgo del baño. Tengo calor. Me quito la chamarra y me siento de nuevo. Algo me molesta en el pecho. Me reviso la bolsa de la camisa: ahí está. Mi pasaporte completamente sudado, hecho chilaquil. Lo saco, lo reviso, lo beso, sí, éste es, siempre estuvo conmigo, pero yo con mis pinches prisas saque la mica en vez del pasaporte. Me levanto, corro con maletas, sudor y pasaporte al mostrador. La empleada me reconoce de inmediato, le entrego mi pasaporte. Registro mi equipaje, no me dicen nada del sobrepeso. Bendigo a los españoles, a Dios y a todos mi ángeles protectores por ahorrarme tantos problemas. La empleada me entrega mi pase de abordar el cual tomo con fuerza. Lo guardo con sumo cuidado en mi chamarra. Hago fila para abordar. Son las 10:50. El avión se eleva a las 11:10 mientras me reclino en mi asiento, suspiro aliviado. A las 12:00 horas el vuelo 945 sobrevuela el Atlántico, mientras yo me encuentro histérico revisando todos mis bolsillos y mi pasaporte descansa, húmedo y doblado, en el mostrador número 25 de Aerolíneas IBERIA, en Madrid. Pinches prisas.070496.
jueves, 14 de octubre de 2010
Diez errores imperdonables de etiqueta moderna
Hola a todos. En esta ocasión me gustaría hablarles de algunos errores básicos de etiqueta, que he observado se cometen con frecuencia en nuestros días.
Como ustedes saben, el nombre de etiqueta proviene de los letreros que se ponían en los jardines de Versalles, en los tiempos de los Luises, para indicar lo que estaba prohibido por orden del Rey. Me parece que la etiqueta siempre ha tenido su origen en algún aspecto útil o de sentido común. Ejemplo: La costumbre de saludar con la mano derecha, se remonta a la Edad Media, en la que los hombres cargaban arma blanca bajo el manto. Al saludar al otro, le estamos demostrando que no llevamos espada o puñal (Salud, JC) para hacerle daño y de esa forma mostramos nuestra buena voluntad y honestas intenciones.
Hay distintos tipos de etiqueta: para el trabajo, para escribir cartas, para recepciones oficiales, para el sexo, para usar un chat en internet. En esta ocasión me gustaría hablar un poco de la etiqueta cotidiana, aquella que utilizamos en nuestra vida diaria y que no tiene que ver con una cena en la embajada francesa o tomar el té con el cónsul británico.
Diez errores comunes que cometemos en etiqueta cotidiana. Van:
1) Dar la mano a las personas que están sentadas a la mesa.
Me parece imperdonable, que cuando estoy comiendo, sentado a la mesa de mi casa, en un restaurant o en cualquier parte (para comer, no para beber o charlar) llegue alguien y me salude de mano. La razón es eminentemente práctica: ya tengo mis manos lavaditas, y la persona que llega a saludarme, viene con las suyas sucias, dejándome su colonia de bacterias en las mías, con lo que nada más tengo dos opciones: aguantarme y seguir comiendo con las manos sucias o ir al baño para lavármelas de nuevo, mientras llega otro efusivo a mi mesa. ¿Qué se debe hacer en estos casos? Cuando me encuentro a alguien conocido, puedo acercarme a la mesa para saludar a él y a sus acompañantes brevemente, un asentimiento de cabeza y un saludo con voz firme y cálida, será suficiente. Si hay mucha confianza con los comensales, puedo darles una palmadita en la espalda o el hombro, para saludarlos, pero lo más importante, debo ser lo más breve posible para no importunar. Nada de abrazos estruendosos y palmadas de aplauso de foca que hacen que todo el lugar voltee a vernos. Discreción y prudencia, es la directriz que no falla.
Me parece imperdonable, que cuando estoy comiendo, sentado a la mesa de mi casa, en un restaurant o en cualquier parte (para comer, no para beber o charlar) llegue alguien y me salude de mano. La razón es eminentemente práctica: ya tengo mis manos lavaditas, y la persona que llega a saludarme, viene con las suyas sucias, dejándome su colonia de bacterias en las mías, con lo que nada más tengo dos opciones: aguantarme y seguir comiendo con las manos sucias o ir al baño para lavármelas de nuevo, mientras llega otro efusivo a mi mesa. ¿Qué se debe hacer en estos casos? Cuando me encuentro a alguien conocido, puedo acercarme a la mesa para saludar a él y a sus acompañantes brevemente, un asentimiento de cabeza y un saludo con voz firme y cálida, será suficiente. Si hay mucha confianza con los comensales, puedo darles una palmadita en la espalda o el hombro, para saludarlos, pero lo más importante, debo ser lo más breve posible para no importunar. Nada de abrazos estruendosos y palmadas de aplauso de foca que hacen que todo el lugar voltee a vernos. Discreción y prudencia, es la directriz que no falla.
2) La mujer no se levanta cuando le presentan a otra mujer o a un hombre de edad avanzada.
Existe la creencia, muy difundida desafortunadamente, de que una mujer NUNCA debe ponerse de pie cuando le presentan a alguien. ¿Cuándo deberá ponerse de pie la dama? Cuando la mujer que le presentan sea de mayor edad a ella, de un nivel social notablemente superior al de ella, cuando sea una celebridad, cuando la mujer presentada sea embarazada, o cuando la mujer presentada sea casada y la otra soltera. El mismo criterio aplica, cuando se le presenta un hombre de edad avanzada a una mujer, aquí también deberán ponerse de pie como muestra de respeto. Es una cuestión de jerarquías, pues como dice mi amiga Rocío Maisterra, "Siempre, ha habido niveles". Si no quieren fallar, mujeres, levántese siempre que les presenten a otra mujer y verán que darán la imagen de una persona sencilla, natural y cálida.
Existe la creencia, muy difundida desafortunadamente, de que una mujer NUNCA debe ponerse de pie cuando le presentan a alguien. ¿Cuándo deberá ponerse de pie la dama? Cuando la mujer que le presentan sea de mayor edad a ella, de un nivel social notablemente superior al de ella, cuando sea una celebridad, cuando la mujer presentada sea embarazada, o cuando la mujer presentada sea casada y la otra soltera. El mismo criterio aplica, cuando se le presenta un hombre de edad avanzada a una mujer, aquí también deberán ponerse de pie como muestra de respeto. Es una cuestión de jerarquías, pues como dice mi amiga Rocío Maisterra, "Siempre, ha habido niveles". Si no quieren fallar, mujeres, levántese siempre que les presenten a otra mujer y verán que darán la imagen de una persona sencilla, natural y cálida.
3) Al entrar a un restaurante o lugar público, el hombre entra detrás de la mujer.
Aquí es una excepción a la regla de "ladies first". Cuando un hombre llega con una mujer a un restaurant o lugar público, deberá entrar un paso o dos delante de ella, para buscar lugar, anunciarse con el capitán o simplemente asegurarse de que el lugar es seguro para su acompañante. Una vez que tenga mesa, seguirá caminando delante de la mujer, asegurándose de que ella lo sigue de cerca (si son pareja, pueden tomarse de la mano), una vez que lleguen a la mesa, le arrimará la silla a la fémina, este trabajo no debe delegarse a los meseros, quienes sí podrán arrimar la silla de él, quien será el ultimo en sentarse.
Aquí es una excepción a la regla de "ladies first". Cuando un hombre llega con una mujer a un restaurant o lugar público, deberá entrar un paso o dos delante de ella, para buscar lugar, anunciarse con el capitán o simplemente asegurarse de que el lugar es seguro para su acompañante. Una vez que tenga mesa, seguirá caminando delante de la mujer, asegurándose de que ella lo sigue de cerca (si son pareja, pueden tomarse de la mano), una vez que lleguen a la mesa, le arrimará la silla a la fémina, este trabajo no debe delegarse a los meseros, quienes sí podrán arrimar la silla de él, quien será el ultimo en sentarse.
4) El hombre acompañado de una mujer, sube o baja escaleras caminando detrás de ella.
Otra excepción a la regla de "Ladies first". Es él quien deberá subir primero la escalera para no dar la impresión de ir viéndole las piernas y el trasero a su acompañante. Cuando baje escaleras, él lo hará primero para poder ofrecerle la mano a su pareja en caso de un tropezón o en el peor de los casos, impedir que el cuerpo de ella siga rodando hasta el siguiente piso en el caso de una caída.
Otra excepción a la regla de "Ladies first". Es él quien deberá subir primero la escalera para no dar la impresión de ir viéndole las piernas y el trasero a su acompañante. Cuando baje escaleras, él lo hará primero para poder ofrecerle la mano a su pareja en caso de un tropezón o en el peor de los casos, impedir que el cuerpo de ella siga rodando hasta el siguiente piso en el caso de una caída.
5) Dejarse los lentes oscuros, en lugares cerrados o cuando nos presentan alguien.
Si no se es Aristóteles Onassis, Rigo Tovar o Claudio Yarto del grupo Caló, cuando entremos a un lugar cerrado es necesario que nos quitemos los lentes oscuros. Si nos van a presentar a alguién, también es absolutamente indispensable que nos los quitemos aunque estemos bajo un sol tapatío a mediados de mayo en la calle a las 12 de la tarde (una vez que nos presenten y saludemos, nos los podemos volver a poner). La misma recomendación va cuando lleguemos a una caseta de vigilancia, verán la diferencia de trato cuando se permiten ser vistos por el otro. Pecado capital: dejarse los sun glasses en una taquería y peor aún: portarlos mientras nos refinamos unos de buche y pastor; seremos la viva imagen de un guarura toluqueño o de un líder sindical del SNTE. Los lentes oscuros en los velorios, no tienen razón de ser a menos que sea familiar directo del difunto y sus ojos estén en condiciones desastrosas. Aún en ese caso, es recomendable usar lentes no tan oscuros, sino traslúcidos, que en esos casos son más elegantes y sobrios.
Si no se es Aristóteles Onassis, Rigo Tovar o Claudio Yarto del grupo Caló, cuando entremos a un lugar cerrado es necesario que nos quitemos los lentes oscuros. Si nos van a presentar a alguién, también es absolutamente indispensable que nos los quitemos aunque estemos bajo un sol tapatío a mediados de mayo en la calle a las 12 de la tarde (una vez que nos presenten y saludemos, nos los podemos volver a poner). La misma recomendación va cuando lleguemos a una caseta de vigilancia, verán la diferencia de trato cuando se permiten ser vistos por el otro. Pecado capital: dejarse los sun glasses en una taquería y peor aún: portarlos mientras nos refinamos unos de buche y pastor; seremos la viva imagen de un guarura toluqueño o de un líder sindical del SNTE. Los lentes oscuros en los velorios, no tienen razón de ser a menos que sea familiar directo del difunto y sus ojos estén en condiciones desastrosas. Aún en ese caso, es recomendable usar lentes no tan oscuros, sino traslúcidos, que en esos casos son más elegantes y sobrios.
6) Ponernos el título de señor, señora, señorita o cualquier grado universitario.
Esto sí es horriblemente cursi. Presentarnos como: "Soy el doctor Ivanovsky", anunciarnos como: "De parte de la señora Ramírez" o firmar una carta como "Licenciado Trofeo Zárate " es tremendamente provinciano y denota un complejo de inferioridad. Recordemos que los títulos de señor, señora, señorita, don y doña, son muestras de respeto que nos los dan las otras personas, no nosotros. Usar los títulos universitarios como equivalentes de títulos nobiliarios en Latinoamérica, es común y tremendamente aldeano. ¿Se han fijado en las tarjetas de negocios de los norteamericanos? Rara vez mencionan su profesión, sólo incluyen nombres y apellido. Punto. De aquí en adelante: "Zoila Vaca del Corral, mucho gusto".
7) Vestirse incorrectamente para asistir a un funeral.
Hablando de ropa para funerales, las mujeres tienden a cometer dos errores extremos: llevar ropa apretada, corta o demasiado sexy, para los funerales, nomás que se van todas de negro y con medias negras y creen que ya la hicieron. El otro extremo, sobre todo en mujeres de cincuenta años en adelante, es irse súper fachosas, con ropa tejida, chalecos de enfermera y zapatos de monja. Un traje sastre de buena calidad, con una blusa clara (no es necesario usar negro de pies a cabeza), falda que cubra la rodilla o más larga, según la moda, y joyería muy discreta (perlas o diamantes sencillos, evitar a toda costa la joyería dorada, la voluminosa y la recargada de colores), zapatos de tacón mediano de bonita línea y maquillaje discreto (no es necesario ir de cara lavada), las harán lucir elegantes y apropiadas. Una bolsa sencilla, sobria, y abrigo y guantes mate, si es invierno, complementarán su atuendo.
Recuerden que en nuestra cultura occidental, no sólo el negro es el color de luto, también lo es el blanco (que es súper elegante y le da un toque de luz y esperanza al momento), el gris, el marrón, azul marino y también el morado para los católicos. Eviten a toda costa los azules, rojos, verdes, naranjas y cualquier color vivo.
Los hombres se verán apropiados siempre con pantalón y zapatos de vestir, camisa de manga larga en colores neutros y saco o chamarra oscura. Por supuesto, si hay presupuesto, el traje oscuro o de colores neutros es ideal, el cual se puede llevar con o sin corbata, la cual siempre deberá ser oscura. Evitar tenis, pantalones de mezclilla y pantalones casuales.
Los niños menores de doce años, por ningún motivo vestirán de negro, en su lugar usarán colores neutros, preferentemente el blanco.
Recordemos que es la despedida que le damos a nuestro ser querido, arreglémenos apropiadamente para tal evento.
8) El hombre no le cede la parte interior de la acera a la mujer.
En la Edad Media no había drenaje entubado, por lo que los desechos (de todo tipo, y cuando digo de todo tipo, hablo de TODO) eran arrojados a la calle, por lo que los transeúntes eran expuestos a salpicaduras y charcos de dudosa procedencia. En el tiempo de mis abuelos se decía, que el hombre que caminaba con una mujer, dejándola en la parte exterior de la acera, la estaba "vendiendo". En nuestros días, si vamos con una mujer, ella caminará por la parte interior de la acera y el hombre por la exterior, así la protegemos de posibles nalgadas de automovilistas lujuriosos. Claro que como están los tiempos, el automovilista tal vez quiera nalguear al hombre, pero, para eso está uno, jaja. Para ceder la acera a una dama, el caballero caminará por detrás de ella y se colocará en la parte exterior. Los caballeros, o aspirantes a, deberán ceder la parte interna de la acera a las mujeres, niños, hombres maduros que caminen hacia ellos en sentido contrario.
9) No apagar el celular en espectáculos públicos o ceremonias.
Creo que no tengo que extenderme mucho en el tema. En el cine, teatro, ceremonias religiosas o civiles, es indispensable apaguemos el celular o mínimo ponerlo en vibrador. No hay nada más naco que un celular sonando a la mitad de un concierto, denota una total falta de consideración y respeto por los demás y también interfiere con la concentración de los actores o ejecutantes.
10) Tratar despectivamente al personal de servicio.
No sé si sea error de etiqueta o falta de humanidad, pero me parece indispensable incluir este punto. Me parece que la nobleza y calidad de una persona, se aprecian claramente en la forma en la que tratan al personal que los sirve: meseros, capitanes, servidumbre doméstica, nanas, valet parkings, etc. Tratar mal a estas personas, sólo porque se tiene una posición de poder sobre ellas, es una cobardía y habla de alguien muy, muy acomplejado. Es indispensable que seamos educados, cortéses, cálidos con aquellos que nos sirven. Tratarlos mal solo echa lodo sobre nosotros mismos. Respetemos el trabajo y la humanidad de quienes nos sirven y tratemos a todos por igual, sin distingos. He dicho.
Esto sí es horriblemente cursi. Presentarnos como: "Soy el doctor Ivanovsky", anunciarnos como: "De parte de la señora Ramírez" o firmar una carta como "Licenciado Trofeo Zárate " es tremendamente provinciano y denota un complejo de inferioridad. Recordemos que los títulos de señor, señora, señorita, don y doña, son muestras de respeto que nos los dan las otras personas, no nosotros. Usar los títulos universitarios como equivalentes de títulos nobiliarios en Latinoamérica, es común y tremendamente aldeano. ¿Se han fijado en las tarjetas de negocios de los norteamericanos? Rara vez mencionan su profesión, sólo incluyen nombres y apellido. Punto. De aquí en adelante: "Zoila Vaca del Corral, mucho gusto".
7) Vestirse incorrectamente para asistir a un funeral.
Hablando de ropa para funerales, las mujeres tienden a cometer dos errores extremos: llevar ropa apretada, corta o demasiado sexy, para los funerales, nomás que se van todas de negro y con medias negras y creen que ya la hicieron. El otro extremo, sobre todo en mujeres de cincuenta años en adelante, es irse súper fachosas, con ropa tejida, chalecos de enfermera y zapatos de monja. Un traje sastre de buena calidad, con una blusa clara (no es necesario usar negro de pies a cabeza), falda que cubra la rodilla o más larga, según la moda, y joyería muy discreta (perlas o diamantes sencillos, evitar a toda costa la joyería dorada, la voluminosa y la recargada de colores), zapatos de tacón mediano de bonita línea y maquillaje discreto (no es necesario ir de cara lavada), las harán lucir elegantes y apropiadas. Una bolsa sencilla, sobria, y abrigo y guantes mate, si es invierno, complementarán su atuendo.
Recuerden que en nuestra cultura occidental, no sólo el negro es el color de luto, también lo es el blanco (que es súper elegante y le da un toque de luz y esperanza al momento), el gris, el marrón, azul marino y también el morado para los católicos. Eviten a toda costa los azules, rojos, verdes, naranjas y cualquier color vivo.
Los hombres se verán apropiados siempre con pantalón y zapatos de vestir, camisa de manga larga en colores neutros y saco o chamarra oscura. Por supuesto, si hay presupuesto, el traje oscuro o de colores neutros es ideal, el cual se puede llevar con o sin corbata, la cual siempre deberá ser oscura. Evitar tenis, pantalones de mezclilla y pantalones casuales.
Los niños menores de doce años, por ningún motivo vestirán de negro, en su lugar usarán colores neutros, preferentemente el blanco.
Recordemos que es la despedida que le damos a nuestro ser querido, arreglémenos apropiadamente para tal evento.
8) El hombre no le cede la parte interior de la acera a la mujer.
En la Edad Media no había drenaje entubado, por lo que los desechos (de todo tipo, y cuando digo de todo tipo, hablo de TODO) eran arrojados a la calle, por lo que los transeúntes eran expuestos a salpicaduras y charcos de dudosa procedencia. En el tiempo de mis abuelos se decía, que el hombre que caminaba con una mujer, dejándola en la parte exterior de la acera, la estaba "vendiendo". En nuestros días, si vamos con una mujer, ella caminará por la parte interior de la acera y el hombre por la exterior, así la protegemos de posibles nalgadas de automovilistas lujuriosos. Claro que como están los tiempos, el automovilista tal vez quiera nalguear al hombre, pero, para eso está uno, jaja. Para ceder la acera a una dama, el caballero caminará por detrás de ella y se colocará en la parte exterior. Los caballeros, o aspirantes a, deberán ceder la parte interna de la acera a las mujeres, niños, hombres maduros que caminen hacia ellos en sentido contrario.
9) No apagar el celular en espectáculos públicos o ceremonias.
Creo que no tengo que extenderme mucho en el tema. En el cine, teatro, ceremonias religiosas o civiles, es indispensable apaguemos el celular o mínimo ponerlo en vibrador. No hay nada más naco que un celular sonando a la mitad de un concierto, denota una total falta de consideración y respeto por los demás y también interfiere con la concentración de los actores o ejecutantes.
10) Tratar despectivamente al personal de servicio.
No sé si sea error de etiqueta o falta de humanidad, pero me parece indispensable incluir este punto. Me parece que la nobleza y calidad de una persona, se aprecian claramente en la forma en la que tratan al personal que los sirve: meseros, capitanes, servidumbre doméstica, nanas, valet parkings, etc. Tratar mal a estas personas, sólo porque se tiene una posición de poder sobre ellas, es una cobardía y habla de alguien muy, muy acomplejado. Es indispensable que seamos educados, cortéses, cálidos con aquellos que nos sirven. Tratarlos mal solo echa lodo sobre nosotros mismos. Respetemos el trabajo y la humanidad de quienes nos sirven y tratemos a todos por igual, sin distingos. He dicho.
domingo, 10 de octubre de 2010
Las Bugambilias son de Sol. Cuento de Raúl Antonio Reding Díaz. Mayo de 1996.
Hola a todos, retomo este blog con la publicación de uno de mis textos. Como algunos de ustedes saben, muchos años me dediqué a escribir. A continuación les entrego uno de mis últimos cuentos que hice, es de mis favoritos. Espero sus comentarios, atentos a los nombres de los personajes:
LAS BUGAMBILIAS SON DE SOL
Cuando Ismael nació, Sara ya estaba en el final de sus veinte y Nicolás a la mitad de sus treinta. Sara y Nicolás se habían casados dos años antes, después de vivir juntos otros cinco. Ella impartía clases de ballet. Sus movimientos delicados, elegantes, así como sus hombros siempre echados atrás, hablaban de gracia y disciplina desde pequeña. Parecía recortada de un cuadro de Van Gogh. Nicolás era silencioso, melancólico, evaporado de alguna pintura del Greco, con sus manos angulosas y una barba tenaz.
Ismael fue un bebé robusto e inquieto, que a los tres días de nacido rechazó el pecho materno y prefirió engullir latas y latas de leche en polvo. A los ocho meses ya decía "Agua" y "Papá". A los diez, caminaba asido del dedo afilado de Nicolás que lo miraba crecer con esa sonrisa suave e incompleta que lo caracterizaba. Sara gastaba sus mañanas en contemplar al bebé, acariciar sus brazos suaves, jugar con él. Ismael creció muy rápido. A los cuatro años de edad, ya se paseaba por toda la casa, cerraba y abría puertas, desarmaba y examinaba cuanto había en la casa.
- Sara, estoy aburrido.
- ¿Por qué no vas al jardín a jugar con tu balón?
- Es que no tengo con quién jugar.
- Ahorita que termine de hacer la comida, salgo contigo.
- Sara...
- ¿Qué paso?
- ¿Por qué estaba gritando anoche? - Sara palideció y siguió cortando papas.
- Se puso un poco malito.
- Me asustó mucho con sus gritos. Le hace bien feo.
- ¿Por qué no te pones a iluminar el cuento que te compró tu papá mientras termino?
- Me da miedo. ¿Por qué está aquí?
-...
- Yo quiero que se vaya. No me gusta.
- Ismael, ya te expliqué muchas veces.
- Me da miedo cuando le das de comer y le hace así.
- ¿Cómo?
- Así… ¿ves? Se parece al Chóper.
- Ya cállate Ismael.
- ¿Por qué no tengo hermanitos como Huicho? Él juega bien padre con Alex y con Diego.
- Si te portas bien, a lo mejor te compramos uno.
- ¿A dónde vas?
- Voy a darle de comer a Luciano.
- Dijistes que íbamos a jugar. ¿Para qué le das de comer? Ni crece.
- ...Ahorita regreso. Ve al jardín.
- Deberíamos tirarlo. Cuando llegue el señor de la basura le voy a decir que se lo lleve.
- Ya te dijo tu papá que no hables así de tu hermano.
- Eso no es mi hermano. Me da miedo.
Sara enjugó una lágrima con la mano y cerro los ojos cuidándose de que no la viera Ismael. Tomó la charola, abandonó la cocina. Ismael salió al jardín y se entretuvo un rato, tratando de enfrentar a una cochinilla con una hormiga, sin éxito. Luego se fue a sentar debajo de la bugambilia que tanto mimaba Sara con vitaminas y fertilizantes. Sara había cambiado de lugar la planta porque el jardinero le dijo que en la sombra se iba a secar, que las bugambilias necesitaban sol. Ismael permaneció unos minutos arrancando flores y hojas de la planta, haciéndolas rollitos que lanzaba al pasto. Después se levantó para dirigirse sigilosamente a la habitación donde se encontraba Sara, alimentando a Luciano. "Un caso en diez millones", "Un verdadero misterio de la genética", "Un milagro que siga vivo", habían dicho los doctores que atendieron a Luciano desde su nacimiento. Sara y Nicolás habían orado después del parto, "Para que se hiciera la voluntad de Dios". Luciano acababa de cumplir ocho años de edad. Ismael se asomó por la puerta entreabierta. Desde ahí se podía ver la cama con barandales y correas donde dormía Luciano, Sara le daba de comer en la boca. Ismael se quedó muy quieto, observando el cuadro. Sus ojos y boca se abrían, su ceño se fruncía cada vez que observaba esta escena. Desde la puerta veía ojos minúsculos y negros de Luciano, que le recordaban a las lagartijas que perseguía en el rancho de su abuelo. Sara siempre sentía la mirada de Ismael tras de sí:
- ¡Ismael! ¿Qué haces aquí? Van cien veces que te digo que no puedes entrar a este cuarto. Vete al jardín.- Ismael no contestó nada y como siempre, corrió asustado. Luciano bramaba, excitado por los gritos de su madre. La escena se repetía con poca frecuencia, pero cuando acontecía, provocaba una convulsión en la familia: Sara lloraba el resto del día, Nicolás la consolaba cuando llegaba del trabajo e Ismael se iba a su cuarto. Siempre que veía a su hermano tenía pesadillas en la noche y despertaba dando gritos:"¡Me comeeee! ¡Me va a comer, Mamiiii!", entonces Sara y Nicolás acudían al rescate. A la mañana siguiente los tres desayunaban en silencio, como quién ha tenido un mal sueño que no se puede recordar con toda claridad, pero que queda impregnado en el pensamiento por varias horas.
***********
El Dr. Balbuena era el médico de cabecera de la familia. Cada mes acudía a examinar a Luciano, lo revisaba, le hacía preguntas a Sara y después ordenaba cambios en los medicamentos o en la alimentación de Luciano.
- ¿Cómo lo ve hoy doctor?
- Mejor que el mes pasado, Sarita, aunque ha seguido perdiendo peso.
- Sí, ha estado demasiado inquieto y casi no come. Hay algo que Nicolás y yo le queremos preguntar.
- ¿Qué sucede?
- ¿Cuánto tiempo va a vivir?
- ¿Perdón?
- Luciano. ¿Cuánto tiempo más cree que viva?
- Miren, eso ya lo hemos hablado. En casos como este...es imposible hacer cálculos. Sólo podemos especular. Ustedes saben que he buscado toda la información relacionada con este caso, pero es tan extraordinario que no hay antecedente de algo parecido. Es similar en algunos síntomas a otros desórdenes genéticos, a ciertas aberraciones cromosómicas, pero en realidad no encaja e ningún patrón. Luciano podría morir mañana mismo o quizás en diez años. No lo sabemos.
Nicolás miraba al suelo con las manos juntas mientras escuchaba las palabras del Doctor Balbuena. Sara suspiraba y acariciaba su nuca. Sus ojos húmedos saltaban del rostro del Doctor al de Luciano y luego escapaban al jardín con su bugambilia.
- Lo que sucede es que estamos teniendo muchos problemas con Ismael. Por más que le explicamos y tratamos de tranquilizarlo, no, no podemos. Le tiene pavor a Luciano. -Acotó Nicolás mientras se ponía de pie junto al barandal de la cama.
- Es natural. Pero son fases de ajuste. Poco a poco el niño se irá acostumbrando a su hermano, creánmelo. Pero el proceso no es instantáneo. Deben ser pacientes y hacer todo lo que les diga el psicólogo.
- Hemos considerado la posibilidad de internar a Luciano. En un lugar especializado. Si solo estuviéramos Sara y yo...pero, Ismael...no queremos...usted sabe doctor, traumas y todo eso. Ismael ha tenido muchas pesadillas.
- Bueno, realmente eso es algo que ustedes deben decidir, quizás el psicólogo los podría orientar más que yo. Aunque si me permiten ser realista, en el estado en que se encuentra Luciano, da lo mismo si está aquí con ustedes o en una institución especializada. De cualquier forma supongo que lo seguirían viendo con frecuencia.
- Por supuesto.- Intervino Sara tajante- Luciano es mi hijo. Y lo quiero. Dios sabe cuánto.
- Yo lo sé Sarita. Podría recomendarles dos o tres hospitales donde la atención es de primera, varios colegas trabajan ahí. Cuando tengan una decisión, llámenme.
- Gracias, doctor.
Luciano seguía con sus dos puntitos negros la figura de Sara. Observaba a los tres presentes, pero siempre más atento a cualquier movimiento de su madre, a cada una de sus palabras. Su respiración era un pesado resuello cuando se quedó solo en su habitación.
**********
La noche en la que el niño murió, dos días después de su última revisión médica, Sara había estado tratando de localizar al Doctor Balbuena, pero no lo encontró. La fiebre había llegado a los 40º C y ninguna medicina parecía servir. El pequeño se revolvía inquieto en su cama, balbuceaba y gritaba. Sara lloraba, marcaba una y otra vez el teléfono del Doctor. Cuando Nicolás llegó, abrazó a Sara y luego al niño. Estaba más tranquilo, pero la fiebre no cedía. Lo envolvieron en una frazada y Nicolás lo cargó hasta el coche. Sara se asomó al cuarto de su otro hijo, y tras comprobar que dormía profundamente, tomó su bolsa y corrió a reunirse con el enfermo y con su marido. Arrancaron a toda prisa. A las 11:43 los doctores avisaron a Sara y Nicolás que el niño había muerto. La autopsia no reveló gran cosa. "Tal vez un desorden en el sistema inmunológico, una sobre reacción a alguna infección, alguna alergia que había pasado desapercibida en el niño, habían provocado la fiebre alta" dijeron los médicos. Ismael había muerto a los cuatro años con tres meses. Nicolás y Sara lloraban abrazados. Permanecieron en el pasillo durante unos minutos. Luego se levantaron. Había que hacerse cargo de los trámites.
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- ¿Por qué, por qué Nicolás?
- No me preguntes eso Sara, tú sabes por qué. Estamos pagando un precio alto. Eso es todo.
- ¿Sabes?, creo que Ismael es como mi bugambilia. Necesitaba sol. Aquí sólo hay sombras.
- Sí, creo que fue mejor así.
Sara y Nicolás callaron mientras contemplaban la bugambilia del jardín, sentados en la terraza. Luciano miró fijamente la planta y sonrió por primera vez en su vida. Luciano era el primogénito. El hijo de Sara y Nicolás. El único.
MAYO DE 1996.
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