MADRID-MÉXICO PARA PRINCIPIANTES
Suena el teléfono. La voz siseante me avisa:"Son las 6 en punto señor, que tenga buen día" Gracias. Me despierto después de una noche de sueño ligero, nervioso. Tardo unos segundos en ubicarme. Me levanto de la cama, abro las cortinas. Es una mañana fría, soleada. Es mi último día en el Hotel Excélsior, en Madrid. Hoy termino un viaje de placer y debo apresurarme para tomar el vuelo a la Ciudad de México, que sale a las 11 de la mañana.
Me baño, me visto. Un poco de fijador en el pelo para aguantar 11 horas de avión. Acomodo sobre el tocador unas revistas que dejé tiradas en el suelo la noche anterior, cuando leía un artículo sobre la Comunidad Europea; las llevaré en el maletín de mano, para leerlas durante el trayecto de vuelo. Busco la tarjeta con la que se abre el cuarto. No la encuentro. Remuevo cobijas, sábanas y ropa. Nada. Son las 6:45. No puedo salir si no encuentro primero la tarjeta. Abro cajones, el clóset. No la encuentro. Levanto una charola con restos de mi cena de la noche anterior (gazpacho andaluz, club sandwich y cerveza clara), y ahí está. La tomo, cierro dando un portazo. El elevador se acerca a mi piso. Me pego al botón, observo que la luz indicadora se detiene en el piso anterior. Miro la alfombra roja del hotel, las reproducciones impresionistas que intentan alegrar los pasillos oscuros y percibo ese olor tan característico de Madrid, que me desagrada. El elevador ahora desciende, pero sin mí. Bajo por las escaleras. -Buen día, señor. ¿Toma usted café?.-Por favor-. El servicio en Europa es lento, tanto, que me hace suspirar por un Vips o un Denny´s de Guadalajara. -Capitán, disculpe, tengo un poco de prisa, mi vuelo sale al rato y no me traen mi desayuno-. El hombre, gordo, canoso y colorado, se molesta, y me regaña por impaciente. En España te regañan a la menor provocación. De cualquier forma, mi desayuno llega. Cereal insípido, jugo de naranja sintético y un café aguado. Mordisqueo una pieza de pan que no tiene equivalente en México, por su dureza y sabor a carbonato. Por las ventanas del hotel observo la avenida llena de árboles y construcciones color marrón y mostaza, hay muy poca gente caminando. Recibo la cuenta; aparece en ella una tortilla que nunca encargué. Debo convencer al mesero de que yo no ordené ni recibí la hispana tortilla. El mesero me pide que espere, va a hablar con el capitán. El capitán y el mesero mueven mucho los brazos, gesticulan enfadados. El mesero va a la caja, revisa unos papeles, regresa a mi mesa pidiendo una disculpa. Firmo la nota, abandono el comedor. Son las 7:40. La idea de regresar a mi país me da gusto y nervios a la vez. No tomo el elevador, voy directo a las escaleras. Empiezo a subir corriendo. Tengo un retraso en mis planes de 40 minutos. Llego al cuarto e introduzco la tarjeta. Forcejeo. La puerta se resiste. Pinches tarjetas, cómo no ponen llaves normales. Después de unos segundos de lucha, la mitad de la tarjeta se ha quedado en la chapa y yo, aterrado e incrédulo, sostengo la otra mitad. Bajo a la administración, le explico al encargado lo que me ocurrió. El tipo me escucha con atención y con absoluta cara de desprecio me informa que la reposición de la tarjeta me costará 1,500 pesetas, pero que debo esperar, porque el encargado de mantenimiento llega en media hora. -¿Nadie más puede abrir mi puerta?-, -Lo siento, señor, él es el único autorizado para cambiar el cerrojo-. Me siento en el lobby y espero a que llegue el Amo de las Tarjetas. Jugueteo con mi reloj. Lo abrocho-desabrocho en un intento por tranquilizarme, por convencerme de que tengo muy buen tiempo y no hay nada de qué preocuparse. Mi respiración es ahora más rápida. Recuerdo que todavía me falta empacar los artículos de tocador junto con algunos regalos que no quise poner en mi maleta grande. Cruzo la pierna, cruzo la otra. Enciendo un cigarro. Junto a mi pasan maleteros y turistas que no se compadecen ni se enteran de mi pequeño drama. A las 8:15 me acerco al mostrador y el encargado me dice que suba al cuarto, que el empleado de mantenimiento estará conmigo en unos minutos. Subo las escaleras de dos en dos.
Cuando llego al cuarto, ya se encuentra un cincuentón con el uniforme azul y gris del hotel, desarmando la chapa. El cerrojo, como dicen aquí. -Vale, que ha tenido suerte, ¿eh? me ha tocao hoy entrar temprano...no se apure, hombre, que unos minutitos está su cuarto abierto..Venga, ahí está.- Le ofrezco una propina que él rechaza. -No hombre, por favor, que es mi deber-. Entro entonces al cuarto y tomo la pila de revistas, agradecido, se las obsequio -Para que conserve un recuerdo de México- le digo. Me da las gracias y me desea buen viaje. Entro al baño, meto lo que faltaba empacar en una bolsa de lona. Al tomar un frasco de perfume se me resbala y se rompe. Pinche frasco, mis 300 francos a la basura. Me cagan las prisas. Todo huele a Jazz, de Yves Saint Laurent. Recojo los vidrios, los arrojo con coraje al bote de basura. Reviso debajo de la cama, abro todos los cajones, no debo olvidar nada. Saco mis boletos del bolsillo de la chamarra para estar seguro que los llevo conmigo. Mi pasaporte, ¿dónde lo dejé? Meto la mano en la bolsa de la camisa, ahí está, siento el plástico tibio. Recojo unas monedas, busco los billetes de pesos en mi cartera, sí ahí están. Todo en orden. Miró el reloj: 8:27. Bueno, ahí la llevo. Me miro en el espejo y descubro una mancha en mi camisa. La examino de cerca, descubro que es sangre. Me desabrocho, y al hacerlo me doy cuenta que tengo unas cortada minúscula en el dedo índice. Debió ser con los vidrios. Me chupo la herida mientras busco en mi botiquín de viaje un curita. Un curita que no existe, porque entonces recuerdo que usé el último cuatro días antes, cuando me ampollé el talón de tanto caminar en Barcelona. Con el dedo en la boca, que me da una expresión de niño bobo, llamo a recepción y les pido un botones. A las 8:40 aparece un joven con aspecto de árabe que me da los buenos días y acomoda mi equipaje en su carrito. Bajamos por el elevador. Piso 9,8,7. Se detiene. Una pareja de viejitos centroamericanos, con un montón de niños, un botones y otro carrito de maletas, pretenden unirse al descenso. Entran, salen, se acomodan, discuten entre sí. No saben si esperar el siguiente viaje o embarcarse unos ahora y otros después. Mi reloj me grita 8:53. Los viejitos deciden esperar. Abandonan el elevador. Los odio. Llegamos a la planta baja. Me acerco al mostrador, pido mi cuenta. La cajera es una joven de piel blanca, pelo negro y ojos azules que me mira atenta mientras me pide mi nombre completo. Se lo doy, le digo que tengo prisa, que mi avión sale en dos horas, agrego que tengo que estar una hora antes en el aeropuerto. Ella sonríe, asegura que en un momento todo estará listo. Teclea en su computadora, revisa unas tarjetas, anota algo en ellas. Escucho, pero no alcanzo a ver una impresora. -Su cuenta total es de 12,345 pesetas-. Le digo que está bien y le entrego mi tarjeta de crédito. La revisa atentamente, luego la inserta en la maquinita que da las autorizaciones. En la pantalla aparecen unas letras. La cajera se vuelve hacia mí: -Tendrá que esperar unos minutos señor, no tenemos línea, pero no creo que se demore. Tome asiento, por favor.-Tomo asiento, qué me queda. Otro cigarro. El hotel está lleno de turistas japoneses en bermudas y de americanos con camisas floreadas que vienen a hacer rendir sus dólares en esta España de las pesetas devaluadas, del servicio lento. Se acerca a mí una güerita con traje sastre rojo y blanco, quién me ofrece una excursión al Valle de los Caídos y a Toledo. Le doy las gracias, le explico que estoy a punto de marcharme, y que espero la autorización de mi tarjeta de crédito. -Vive dios, si a veces eso tarda un horror, sobre todo cuando la tarjeta es de América...- Al escucharla siento burbujas en mi estómago y le digo que no me eche la sal.-¿La sal? ¿y qué se entiende por eso?- -La mala suerte,- le explico, -así decimos en México-. Se despide, me desea un buen viaje y se aleja a un grupo de turistas brasileños. Voy con la cajera, le pregunto por mi tarjeta. -No se apure usted, que ya hay línea, en unos segunditos está su autorización. Tome usted asiento-. Lo que quiero es tomar mi avión. Espero de pie, hasta que la cajera me hace una seña y me pide que firme el vaucher. Me da la copia doblada con la tarjeta, me desea un feliz viaje y que vuelva pronto (Todos me desean buen viaje, pero no me dejan ir rápido). -Muchas gracias-, contesto tartamudo. Pido un taxi al conserje. Los taxis en Europa los importan de Liliput, el taxista batalla mucho para acomodar mis maletas. -Que se ha cargado usted con todo, ¿eh? Ustedes los mexicanos sí que saben gastar.-Le informo que sólo es mi ropa y libros, que tengo mucha prisa, que debo estar en el Aeropuerto a las 10 y que son las 9:30. El taxista me tranquiliza. Dice que en 15 minutos estamos en Barajas. Arrancamos. Como en México, los taxistas españoles son bromistas, platicadores y metiches. Me advierte que por cada kilo de sobrepeso se pagan 100 dólares. Palidezco. No tengo idea cuál sea el límite de peso, pero pienso que hubiera sido mejor embarcar los libros por correo. El tráfico es lento, se detiene al llegar a la Plaza del Sol. -Que nos ha pillado un atasco-dice el taxista. -¿Un qué?- Un atasco, el tráfico hombre,- Ah, un embotellamiento-. El taxista se ríe de la palabrita, me informa que no hay problema, que sí llegamos a tiempo. A vuelta de rueda abandonamos el centro de Madrid hasta tomar una avenida ancha que nos lleva al Aeropuerto. Le informo al taxista por cual línea viajaré, y él después de echar maldiciones y pelearse con otros conductores, me deja frente a la sala indicada. Le pago. No tiene cambio. Todos son iguales, son una raza aparte. Ni modo, que se quede con el cambio. Bajo mis maletas, las cargo y busco en una hilera larguísima, el mostrador que diga Ciudad de México, Vuelo 945. Nada. Me desespero, corro de aquí para allá, como cucaracha perseguida, pregunto, nadie está seguro. Y yo que pensaba que eso sólo ocurría en mi país. Al fin encuentro el mostrador y descubro que hay otros 40 pasajeros haciendo cola para registrarse. Son las 10 en punto, ya la libré. La fila avanza rápido. Llego al mostrador, entrego mis boletos. Quiero ventanilla por favor. Sólo tengo en sección de fumar. Está bien. Su pasaporte, por favor. Meto la mano en mi camisa y lo que saco no es mi pasaporte. Es una mica con publicidad del hotel donde apunté unas direcciones. Qué imbécil, cómo no lo revisé bien. La empleada de la aerolínea me observa impaciente mientras revuelvo los bolsillos de la chamarra, de mi maletín, de mi pantalón. Siento la mirada de los que esperan detrás de mí. Le explico casi gritando a la señorita que no encuentro el pasaporte. Me dice que reservará mi asiento, pero que no me puede dar el pase de abordar sin el pasaporte. Me hago a un lado de la fila, trato frenético de recordar dónde lo dejé. Estaba seguro que lo había puesto en la bolsa de la camisa. Ayer lo ví, cuando lo usé como separador de las revistas que estaba leyendo...claro. Qué pendejo eres, de seguro lo dejaste en las revistas. Me voy volado a buscar un teléfono. Jadeando, habló al hotel, les explico. No entienden bien mi historia, la repito dos veces a diferentes personas. Me responden que la persona que abrió mi la puerta de mi cuarto, salió del hotel, regresa en media hora, le van a pedir que busque mi pasaporte entre las revistas, que les vuelva a llamar más tarde. Mi peor pesadilla es ahora una realidad. Una realidad de 200 dólares más, si no alcanzo mi vuelo y tomo el siguiente. Tengo la boca seca, sudo a mares y el fijador del pelo ya no está por ningún lado. Me jalo de los pelos, literalmente, me siento a esperar la media hora. Por el altavoz se escucha desde hace rato el anuncio de mi vuelo. Son las 10:35. Voy al baño, me mojó la cara, intento peinarme, la mandíbula me tiembla. Si no encuentro el pasaporte estoy en un gran problema. Ir a la embajada, pedir una copia, esperar uno o dos días más, buscar alojamiento, gastar mucho, mucho. Salgo del baño. Tengo calor. Me quito la chamarra y me siento de nuevo. Algo me molesta en el pecho. Me reviso la bolsa de la camisa: ahí está. Mi pasaporte completamente sudado, hecho chilaquil. Lo saco, lo reviso, lo beso, sí, éste es, siempre estuvo conmigo, pero yo con mis pinches prisas saque la mica en vez del pasaporte. Me levanto, corro con maletas, sudor y pasaporte al mostrador. La empleada me reconoce de inmediato, le entrego mi pasaporte. Registro mi equipaje, no me dicen nada del sobrepeso. Bendigo a los españoles, a Dios y a todos mi ángeles protectores por ahorrarme tantos problemas. La empleada me entrega mi pase de abordar el cual tomo con fuerza. Lo guardo con sumo cuidado en mi chamarra. Hago fila para abordar. Son las 10:50. El avión se eleva a las 11:10 mientras me reclino en mi asiento, suspiro aliviado. A las 12:00 horas el vuelo 945 sobrevuela el Atlántico, mientras yo me encuentro histérico revisando todos mis bolsillos y mi pasaporte descansa, húmedo y doblado, en el mostrador número 25 de Aerolíneas IBERIA, en Madrid. Pinches prisas.070496.





no me equivoque al insistir que volvieras a escribir, y te lo digo yo que no me gusta leer...!!!!!! gracias por compartir tus anecdotas, vivencias, cuentos , imaginaciones e historias inventadas.....!!!!!
ResponderBorrarboriz
donde puedo ver los comentarios y las criticas que recibes de tus lectores...???
ResponderBorrarBoriz
Aquí merito, Boriz, al final del blog, lo que suecede es que no se publican instantáneamente. Gracias por leerme, panzón.
ResponderBorrarIncreible y sufridisima historia Raúl, ojalá sigas asi de despistado para que nos cuentes nuevas aventuras como esta.
ResponderBorrarun abrazo
Rodolfo Rivera
Jajaja gracias, Rodolfo, recuerda que es ficción eh? Un abrazo fuerte, amigo.
BorrarJejejejeje a veces la realidad supera a la ficción, como quiera que fuera, disfrute mucho del relato, por ahí daremos una visita a otras cosas que has publicado y ya te platicaré.
Borrarun abrazo Raúl
atte Rodolfo Rivera
Así es, Rodolfo, mil gracias por leerme y seguirme, estaré almentando este blog con cosas nuevas, te recomiendo las entradas que hablan de Los Vaselinos parte I y II, y pronto sacaré la III, saludos!
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