Durante meses me dediqué a seguirla, a observarla. Estudié todos sus movimientos, sus costumbres, me aprendí de memoria sus horarios. Era bella y diferente a las que conocía. Se veía tan triste, tan sola, que pensé que le haría un favor al capturarla y tenerla a mi lado. Sus alas brillaban y sus plumas como pelusa fina, se mecían cuando volaba cerca de mí. Gasté noches de insomnio en armar la estrategia más segura que me llevara a cazarla. Diseñé y construí la trampa cuidando cada detalle. Coloqué la carnada y me senté a esperar. Ella planeaba, se acercaba, miraba de reojo el artefacto, después se alejaba, tímida, pero revestida de una dignidad que me hacía desearla más. Transcurrieron una, dos, tres semanas en las que dediqué todo mi tiempo a la captura. El sábado de la cuarta semana, ella se acercó más a la trampa. Se posó en ella y tras un titubeo, cayó. Era mía por fin.
La llevé a mi casa, y la coloqué en una jaula amplia y bien pintada. Lo que tanto había deseado, ahora vivía conmigo. Yo la alimentaba y la limpiaba diariamente. Le cumplí cada uno de sus antojos. La adoré. Mis amigos empezaron a murmurar que la estaba chiqueando demasiado, que no le prestara tanta atención. Ya deja ese pinche pájaro. No les hice caso, pensé que me tenían envidia. Me alejé de ellos y de sus consejos. Ella crecía. Se veía cada día más sana y más viva. Llegó el momento en que mis palabras sólo podían referirse a ella, mis oídos solo escuchaban sus gorjeos y mis ojos no se gastaban en algo que no fuera contemplar sus líneas suaves, limpias, inquietantes.
Un domingo nublado, amanecí enfermo. Tenía náuseas, fiebre y salpullido en todo el cuerpo. Me asusté y llamé al doctor, quién me fue a ver y tras un minucioso examen, me ordenó unos análisis. Yo siempre había sido un hombre muy sano. Los resultados de los análisis llegaron. El doctor me miró preocupado, casi con lástima cuando leyó aquel papel. Tú enfermedad es muy rara en humanos. Es producida por un microorganismo que sólo habita en animales. Produce un daño profundo en el sistema nervioso central y en el inmunológico. En las primeras etapas, el paciente sufre de los síntomas que has tenido hasta ahora. En la segunda etapa, se sufre de pérdida de la memoria, sentimiento de angustia, taquicardias, opresión en el pecho. En la tercera, a menudo surgen infecciones como complicación y después el virus ataca las neuronas de manera irreversible hasta provocar pérdida de la razón, ceguera, sordera y finalmente la muerte, al afectar los movimientos autónomos del corazón y pulmones.
Trago saliva, respiro hondo, la boca se amarga, el corazón se hace chicle. ¿Pero entonces, no es curable? ¿Me voy a morir? Podemos intentar un tratamiento agresivo con antibióticos experimentales, pero no te puedo mentir, Alberto, las probabilidades de éxito son pocas. En verdad esto es un caso muy raro en humanos. Lloré en el consultorio, como sólo yo sé hacerlo. Decidí iniciar el tratamiento de inmediato. Mi mundo se convirtió en inyecciones en la madrugada, pastillas cada hora, ungüentos y polvos para las llagas que se habían formado en todo mi cuerpo. Me convertí en una pústula viviente. En la frente me salieron unos chipotes duros que se fueron calcificando. La piel de mis manos se hizo seca, correosa y mis dedos se juntaron en una masa sanguinolenta con apariencia de pezuña. A mí no me dolía tanto lo que me estaba ocurriendo, como el hecho de que nadie se ocupara de mi mascota.Una tarde en la que el doctor fue a revisarme, me preguntó: ¿qué es eso que tienes en la jaula del jardín? Es mi mascota. Deshazte de ella. ¿Por qué? No puedes tener animales en casa, tú sabes que tu enfermedad proviene de ellos. Es probable que ese pájaro te haya contagiado el virus y no quiero tener el peligro de reinfecciones. No lo creo. Ella es muy limpia. Bien pude haber pescado el bicho de mi gato o de mi perro. No, eso no es posible, el virus que te atacó sólo habita en aves. Yo no quería desprenderme de ella. Era lo único que me daba alegría en mi enfermedad. Pero el doctor fue tajante: “No animales, Alberto”.
Pregunté entre mis amigos y conocidos cuando me iban a visitar, quién quería quedarse con ella por un tiempo. Tenía la esperanza que al sanar, podría recobrarla. Nadie quiso cuidarla ni siquiera temporalmente. El doctor, en su siguiente visita, me recordó su prohibición y una noche tuve que dejarla ir. La observé confundido, por tantos dolores que me agobiaban. Le pedí perdón y después de acariciarla largo rato, abrí la jaula para verla elevarse en la oscuridad. Ahora sí que me sentía solo. En los días siguientes, el tratamiento empezó a dar resultados. Mis llagas empezaron a cerrarse muy lentamente, mis manos volvieron a su forma habitual y los chipotes de la frente se empezaron a suavizar hasta dejar sólo dos leves cicatrices que aún conservo y que me dan comezón cuando hago ejercicio. A los cuatro meses, el doctor me dio de alta.
Festejé con una reunión de amigos. Lorena, una amiga que es una investigadora en mitología prehispánica, se acercó a mi y me dio un sobre amarillo. Léelo cuando tengas tiempo. No te burles de mí. Cuando todos se marcharon, abrí el sobre y encontré una fotocopia de un antiguo códice, con una ilustración de un ave muy parecida a mi mascota perdida, que tenía el siguiente texto:
"Huitzipin ayoztli. Ave de la mitología netzal. Según la leyenda, nació de los amores prohibidos entre el camaleón y la paloma. Los netzales creían que representaba el castigo a la obsesión y a la necedad, por violentar el orden natural al mezclarse dos especies distintas. La mitología sostiene que el ave se alimentaba de la soledad del corazón y de las almas ingenuas. Podía tomar distintas formas, engañando a su presa. Al encontrar a su víctima, era capaz de convertirla en el animal que quisiera con sólo dejarse adorar. La víctima moría al secársele el cerebro y entonces la huitzipin ayoztli la devoraba. Sólo así podía sobrevivir." Me reí y guardé el papel. Ahora, años después, yo no sé qué pensar de esa fotocopia. Pero me estremezco al recordar esos días en los que estuve a punto de convertirme en buey.



Simplemente genial
ResponderBorrarSaludos desde Nicaragua
De Nicaragua, serás, Yoli?
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